miércoles, 17 de septiembre de 2008

¿SON LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS ENFERMEDADES COMO OTRA CUALQUIERA?












SON LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS ENFERMEDADES COMO OTRA CUALQUIERA?

Escrito por Jesús Cáceres

sábado, 26 de abril de 2008
En la actualidad en el campo de la Psicología Clínica se están produciendo reflexiones muy interesantes sobre las manipulaciones interesadas de las industrias farmaceúticas para influir en la opinión pública, en los políticos y en los profesionales, con la intención de conseguir y consolidar una interpretación de las dificultades corrientes de nuestras vidas como trastornos mentales y de estos como enfermedades.
Pudiera parecer un asunto demasiado específico y técnico, pero nos está afectando en nuestra vida cotidiana en la medida que pensamos, sentimos y actuamos en función de nuestras interpretaciones, que son creadas en nuestro entorno social.
Se adjunta a continuación un artículo de la revista INFOCOP del Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos, referido



¿SON LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS ENFERMEDADES COMO OTRA CUALQUIERA?





Marino Pérez Álvarez. Universidad de OviedoFecha de publicación 22/04/2008 6:04:00ISSN


1886-1385 © INFOCOP ONLINE 2007




Tal y como anunciábamos ayer, Infocop abordará, en dos artículos y una entrevista, diferentes problemáticas y matices de la intervención en salud mental, que pasarán por preguntarse sobre la ausencia de profesionales de la Psicología en el SNS y su falta de reconocimiento por parte de las autoridades.En el artículo que hoy publicamos, Marino Pérez, Catedrático de Psicopatología de la Universidad de Oviedo y coautor del polémico libro La invención de los trastornos mentales. ¿Escuchando al fármaco o al paciente?, problematiza sobre el concepto de enfermedad mental en el que se basan buena parte de los profesionales de la salud, así como de sus implicaciones en la atención sanitaria que se ofrece.
Aunque el DSM-IV y CIE-10 no utilizan el término enfermedad sino el de trastorno, traducción de disorder, en los contextos clínicos y, en particular, en Atención Primaria y en Salud Mental, se da a entender, si es que no se da por hecho, que los problemas psicológicos (psiquiátricos o mentales, que en esto no hay caso ahora) son "enfermedades como otra cualquiera".

Modelo de enfermedad mental al uso en contextos sanitarios

El modelo de enfermedad al uso en contextos sanitarios es tan simple como falaz. Consiste básicamente en definir el problema presentado por un listado de síntomas y suponer que deriva de un desequilibrio neuroquímico (González Pardo y Pérez Álvarez, 2007: 32-37).

La definición del problema por un listado de síntomas viene facilitada por los sistemas de clasificación establecidos: DSM o CIE. Dejando aparte muchas otras cuestiones relativas a estos sistemas, el punto ahora es que el problema consultado queda reducido a unos cuantos síntomas. Con tal de reunir 5-6 de una serie de 10 ó 12, uno ya sería acreedor de un diagnóstico formal (depresión, ansiedad, trastorno de pánico, fobia social, etcétera). De esta manera, el problema del paciente no sólo queda reducido a una lista de síntomas (un síndrome), por lo común, aquéllos que son sensibles a la medicación, sino recortado de su vida, de su contexto biográfico y circunstancias personales.

El problema resulta, pues, descontextualizado de su sentido psicológico. En general, la entrevista diagnóstica para el médico de Atención Primaria, y en su caso el psiquiatra, viene a ser un puzzle en el que el paciente tiene las piezas y el clínico trata de encajarlas en un cuadro, escogiendo unas y dejando fuera otras. Una vez resuelto dicho puzzle (diagnóstico), lo siguiente es la prescripción del psicofármaco de turno. En adelante, lo que hace el clínico es preguntar por los síntomas cara a mantener, subir o bajar la dosis o cambiar de preparado, un procedimiento conocido como "escuchar al fármaco" ("escuchando al Prozac"), no precisamente a la persona. Ciertamente, no habría por qué perder mucho tiempo escuchando a la persona si, como se supone, su trastorno deriva de un desequilibrio neuroquímico.

Por su parte, el desequilibrio neuroquímico es más algo supuesto por el modelo psicofarmacológico que evidenciado por la investigación psicopatológica. Sin menoscabo de la existencia de desequilibrios químicos en la base de ciertas enfermedades (sea por caso el de la glucosa en relación con la diabetes), lo cierto es que no está establecido ningún desequilibrio neuroquímico específico en relación con ningún trastorno mental. De hecho, tales supuestos desequilibrios, incluyendo el tan socorrido de la serotonina en relación con la depresión son, en realidad, más dispositivos del marketing farmacéutico que hallazgos científicos.

Así pues, el modelo de enfermedad al uso en relación con los trastornos psicológicos está sustentado por dos patas falsas: la falsificación del problema, al reducirlo a unos cuantos síntomas desprovistos de sentido personal y la falacia del desequilibrio neuroquímico como supuesta causa a remediar.





¿Es mejor estar ‘enfermo’ que tener un problema psicológico?

Incluso sin fundamento científico ni clínico, la noción de enfermedad aplicada a los trastornos psicológicos podría ser defendida en aras de la reducción del estigma, como así viene ocurriendo en los últimos años. En efecto, profesionales de salud mental, sin duda bien intencionados, abogan por enseñar a la gente que los problemas mentales son enfermedades como otra cualquiera. Se supone que la compasión y benevolencia dispensada a los enfermos de condiciones fisiológicas serían extensibles y beneficiosas para aquéllos con trastornos mentales. Más en particular, el objetivo es que así los pacientes serían vistos como víctimas de enfermedades más allá de su control y, consecuentemente, no serían culpables de su problema. El culpable sería el cerebro y una suerte de lotería genética negativa.

El caso es que la noción de enfermedad, lejos de evitar el estigma es, en realidad, estigmatizante. Así, se ha visto que las personas con supuestas enfermedades mentales son tratadas con distancia y consideradas como imprevisibles y poco fiables, incluso por los familiares y los propios clínicos (Read, Haslam, Sayce y Davies, 2006; Van Dorn, Swanson, Elbogen y Swartz, 2005). Así mismo, a los pacientes a los que se les da a entender que el trastorno tiene causas biológicas, consideran que el tratamiento requerido llevará más tiempo, son más pesimistas acerca de la mejoría y adoptan un papel más pasivo ante los clínicos y su propio problema que si se les da a entender que tiene causas psicológicas (Lam y Salkovskis, 2007).

Es más, las personas con problemas caracterizados en términos de enfermedad son tratadas con más dureza que si lo hacen en términos psicológicos, como se ha visto en estudios experimentales, siguiendo el paradigma de Milgran. Los participantes llegaban a aplicar supuestamente shocks más fuertes en una tarea de aprendizaje a los "aprendices" que, según se había sugerido, habrían padecido una "enfermedad mental", que a los que habían tenido "dificultades psicológicas" o nada en especial (Metha y Farina, 1997). Esto apunta a que la "condición biológica" genera el estigma de ser diferente, dando lugar a la conocida forma de deshumanización mecanicista, en la que los seres humanos son vistos como autómatas, inertes, rígidos y carentes de autonomía (Haslam, 2006). Es bien posible que todo esto tenga que ver con la usual estrategia de "escuchar al fármaco" más que a la persona propiamente. Por supuesto que se habla con la persona, pero es más por cortesía y buena educación que para analizar y entender su problema y, en definitiva, tomarlo como un asunto personal.

En consecuencia, la política de que los trastornos psicológicos son como cualquier otra enfermedad no sólo no ha evitado el estigma sino que lo ha aumentado en varias dimensiones más. Por el contrario, la presentación de los problemas psicológicos como lo que son (problemas, dificultades, crisis) no es estigmatizante y es a la vez política y científicamente correcta.

Pero, ¿es que no son útiles los psicofármacos?

Con todo, no se negaría la utilidad de los psicofármacos. Ahora bien, se deberían utilizar como lo que son: sintomáticos, en esto como los antigripales; y protésicos, cual ayudas artificiales y provisionales. Artificiales porque la solución bioquímica no es homogénea con la naturaleza psico-social del problema y provisionales porque deberían aplicarse por un tiempo limitado del orden, por ejemplo, de 3-6 meses y no de los años y años que suelen, lo que evidencia su ineficacia (como si la escayola para un brazo tuviera que llevarse durante ocho o más años). Se da la paradoja de que se prescribe la medicación por un tiempo breve y después se mantiene para evitar el efecto de retirada, una vez que el paciente se ha "habituado" en varios sentidos.

Respecto a la posible combinación de psicofármacos y terapia psicológica, por razonable que parezca, la verdad es que sus resultados no compensan sus costes. En general, la combinación no es mejor que lo que cada una de las terapias ofrece por sí misma y aún podría ser contraproducente en algunos problemas cuando, por ejemplo, la terapia psicológica consiste en afrontar ciertas experiencias que la medicación apacigua (pensando en psicoterapias de exposición, experienciación o aceptación). Por otro lado, si alguien está tomando medicación difícilmente va a tomar en serio la psicoterapia. Curiosamente, la mayor defensa de la combinación viene, por lo general, de las guías sustentadas por la industria farmacéutica. Pareciera que con tal de dar medicación, por qué no también psicoterapia (un poco de charla a la par de la pastilla, pero ésta que no falte). (Véase González Pardo y Pérez Álvarez, 2007, cap. 15).

Puestos a hablar de combinación, la recomendación más adecuada sería empezar con terapia psicológica y contemplar la medicación después de, al menos, diez sesiones de aquélla si se viera todavía conveniente. La terapia psicológica lleva su tiempo, pero en la escala de una medicación de años o de por vida, unas diez sesiones es sin duda una terapia breve y, considerando todo lo que hay que considerar, más económica que la medicación, como ha mostrado el informe sobre la depresión de la London School of Economics (LSE, 2006).





Los trastornos psicológicos no son enfermedades

La cuestión de fondo es que los trastornos psicológicos (psiquiátricos o mentales) no son enfermedades como otra cualquiera, como la diabetes o la artritis según se comparan a menudo. Los trastornos psicológicos no son tipos o entidades naturales como pueden serlo las enfermedades propiamente, sino tipos prácticos o entidades interactivas, susceptibles de ser influenciadas por el conocimiento, interpretaciones y explicaciones que se den de ellas (o de las experiencias y conductas de las que derivan tales entidades) en el contexto clínico de la "entrevista psiquiátrica" y en el extra-clínico de la cultura popular y la "sensibilización de la población" (Hacking, 2001; González Pardo y Pérez Álvarez, 2007). La interpretación y explicación que demos de nuestra diabetes no altera el metabolismo de la glucosa, pero la interpretación y explicación cultural y clínica de la depresión y la ansiedad influye en su realidad, convirtiéndola, por ejemplo, en una enfermedad vivida como otra cualquiera (pero no porque lo sea realmente) o en un problema de la vida del que la propia persona sería un agente activo en su solución, y no necesariamente el paciente pasivo de un presunto desequilibrio neuroquímico.

Las terapias psicológicas tienen su base precisamente en esta condición práctico-reconstructiva e interactiva del problema presentado. De hecho, consisten en ayudar a la gente no sólo a entender su problema, sino también a desarrollar poder y habilidades en relación con las experiencias y situaciones que de otra manera, dada la cultura y la política predominantes, les convertiría fácilmente en pacientes de supuestas enfermedades, a expensas de una medicación a menudo crónica.

Llegados aquí, la pregunta sería qué es lo que quiere la sociedad: ¿pacientes consumidores de psicofármacos, por no decir drogodependientes del Sistema Sanitario; o personas usuarias de servicios psicológicos que les ayuden a solucionar sus problemas, dificultades o crisis?

Referencias bibliográficas:

González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.

Hacking, I. (2001). ¿La construcción social de qué? Paidós.

Haslam, N, (2006). Dehumanization: an integrative review. Personality and Social Psychology Review, 10, 252-264.

Lam, D. C. K. y Salkovskis, P. M. (2007). An experimental investigation of the impact of biological and psycological causal explanations on anxious and depressed patients’ perception of person with panic disorder. Behaviour Research and Therapy, 45, 405-411.

LSE (2006). The Depression Report. A New Deal for Depression and Anxiety Disorders. The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group.

Metha, S. y Farina, A. (1997). Is being ‘sick’ really better? Effect of the disease view of mental disorder on stigma. Journal of Social and Clinical Psychology, 16, 405-419.

Read, J., Haslam, N., Sayce, y Davies, E. (2006). Prejudice and schizophrenia: a review of the ‘mental illness is a illness like any other’ approach. Acta Psychiatrica Scandinavica, 114, 303-318.

Van Dorn, R. A, Swanson, J. W., Elbogen, E. B. y Swartz, M. S. (2005). A comparison of stigmatizing attitudes toward persons with schizophrenia in four stakeholder groups: perceived likelihood of violence and desire for social distance. Psychiatry, 68, 152-163.

Psicofármacos y “la ilusión de no ser”

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-111353-2008-09-17.html

PSICOLOGIA › SOBRE LA MEDICALIZACION DEL MALESTAR PSIQUICO
Psicofármacos y “la ilusión de no ser”
El autor observa cómo “la ansiedad, la tristeza, la imposibilidad de conciliar el sueño, la inquietud de los niños, las dudas que afectan a mujeres y hombres actuales, son tratadas como enfermedades”.

Por Emiliano Galende *
Los problemas de la salud mental se han expandido, su complejidad se ha hecho evidente por sí misma. De lo que se trata hoy va más allá del asilo, las cadenas, el encierro, el adoctrinamiento simbólico por la institución de la psiquiatría. El encierro, la contención y el disciplinamiento mismo pueden dejar de ser necesarios si la ideología psiquiátrica positivista logra imponerse definiendo la condición de “paciente” como ajena al dominio de la experiencia humana con sentido. Si la ansiedad, la tristeza profunda, la imposibilidad de conciliar el sueño, la inquietud y desatención de los niños, las obsesiones y las dudas que afectan a mujeres y hombres de nuestro tiempo son aceptadas como enfermedades y pasibles de su tratamiento por medios técnicos artificiales, esta psiquiatría positivista habrá finalmente consumado sus objetivos, ahora por medios menos violentos con los que persiguió este mismo objetivo en el siglo XIX y en los manicomios actuales. Si se logra definir que estas emociones y sentimientos humanos son “procesos patológicos”, no importa tanto si se lo atribuye al cerebro, a lo medioambiental o a la sociedad, nadie podrá en su sano juicio pedirle a la gente común que no trate de librarse de él por medio de algún remedio.
D. Ingleby señala: “La psiquiatría carga sobre sí misma la responsabilidad del dolor y la frustración de las personas; confisca sus problemas, los redefine como ‘enfermedades’ y (con suerte) extermina los síntomas. Venid a mí, todos los que trabajáis y estáis sobrecargados y yo os daré... olvido. A medida que este aparato se perfeccione, más y más se aleja hacia el futuro el objetivo de una sociedad verdaderamente adecuada para que en ella vivan los seres humanos”.
Desandar la enorme mistificación de la vida y sus padecimientos que los códigos de la psiquiatría han edificado en sus doscientos años de existencia, agregando la nueva fuerza y los enormes recursos económicos que le aporta su sociedad innegable con la industria farmacéutica no resulta tarea sencilla. Pero cabe confiar que este poder exacerbado actualmente, esta nueva hegemonía del antiguo positivismo, como nos lo enseña la historia, está a la vez anunciando su decadencia y su imposibilidad de respuesta a lo esencial del sentir y el pensar del hombre.
En la situación en que estamos hoy en el campo de la salud mental, es ineludible preguntarnos acerca de por qué razones la gran conmoción intelectual y política de los años sesenta, que cuestionó y puso en crisis todo el edificio doctrinario y práctico de la psiquiatría positivista y de la institución asilar, desde su saber, su metodología, su estilo intelectual de conocimiento, que llevaron a un replanteo de sus prácticas diagnósticas y sus tratamientos, no logró detener esta tendencia histórica a la recaída en el antiguo positivismo biológico. Reconocemos que en muchos países, especialmente de Europa, este período dio lugar a grandes reformas en los sistemas de atención, el cierre de hospitales psiquiátricos y su reemplazo por servicios comunitarios, el vuelco de la atención al primer nivel del sistema de salud y la inclusión de otros profesionales en las prácticas del sector (psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros, etc.). No ocurrió así en los países llamados periféricos, que manteniendo lo esencial del modelo asilar fueron mucho más rápidamente aptos para la instalación de esta nueva medicalización de la vida. Si bien la crisis de los años sesenta estaba planteada en la psiquiatría y la institución asilar, abarcó y tuvo impacto en el conjunto de las ciencias humanas. La deconstrucción de la institución psiquiátrica develó al mismo tiempo los juegos entre el poder de las disciplinas, su papel como aparatos ideológicos (Althusser), su función social de disciplinamiento y control (Foucault). El develamiento de un mismo régimen de “institución total” mostrado por Goffman en el hospital psiquiátrico, la cárcel, los institutos de menores, se constituyó en un nuevo indicador para comprender la función sobre la subjetividad de este poder institucional. Las convincentes demostraciones de Foucault en relación con las formas del saber y su relación con la dominación, capaces de generar formas de subjetividad con la marca de la disciplina, que llevaron a conceptos hoy vigentes en las ciencias sociales como el de “institucionalización” y “producción subjetiva”. La emergencia de un nuevo modo de comprender por el cual se devela que las teorías no son reflejo de ninguna realidad objetiva sino constructoras de su objeto, surgido en estos años y hoy reconocido en todas las disciplinas humanísticas. La crítica al positivismo en la medicina y en el campo de la salud, que influyó y hoy sostiene mucho de los movimientos de Salud Colectiva. El retorno a la compresión de la subjetividad como agente a la vez no autónomo ni consciente de su propia producción, que inspira (especialmente por influencia del psicoanálisis) muchas de las teorías sociales y políticas vigentes.
Todos estos cambios intelectuales se dieron en forma conjunta mostrando lo fecundo de aquellos nuevos principios de la crítica, que ponían sobre la escena social a los grandes críticos de la razón moderna, Marx, Nietzsche, Freud, cita obligada en toda la producción de una nueva cultura intelectual. Los movimientos críticos de la psiquiatría formaron parte de este giro en los modos de pensar y hacer, uniendo a una racionalidad crítica la defensa de los derechos humanos, el cuestionamiento al autoritarismo de la disciplina, la función ideológica que cumplía la institucionalización. Especialmente los llamados movimientos de la antipsiquiatría (Laing, Cooper, Basaglia, Castel, Szasz) y también de otros que, sin la oposición antipsiquiátrica, se propusieron desarrollar una nueva interpretación del sufrimiento mental en relación con la cultura y la vida social (Marcuse, Sayers, Wing, Brown, Ingleby, Fanon, Sennet, Esterson, Mannoni, Busfierd, etc.)
Es probable que no haya una única respuesta a esta situación, de hecho queda la pregunta ya formulada de cuánto los cambios en la cultura de estos años han influido, han hecho más funcionales a los criterios de la psiquiatría las creencias y los comportamientos prácticos de las personas. Quiero al menos intentar una respuesta, enfocando uno de los nuevos poderes en este campo, me refiero a la industria farmacéutica. Poder no desestimable si tenemos en cuenta que (en 2004) vendió cerca de seiscientos mil millones de dólares y que la producción y venta de psicofármacos, rubro medio hasta los años ochenta, alcanza en los últimos años los primeros puestos entre la venta general de medicamentos.
Está claro que este nuevo mercado no puede dejar de proteger e incrementar sus intereses económicos, y estos intereses vienen de la mano de la investigación científica. Está claro que de ninguna manera cuestiono el valor de la investigación y la ayuda financiera de la industria a esta investigación, ni tampoco desconozco el valor de alivio que estos nuevos psicofármacos significan para muchas personas; lo que trato de comprender es el funcionamiento social real de este poder económico en el campo de la salud mental. Hubo en estos años al menos tres procesos, relativamente nuevos para el campo de la salud mental, que tenían antecedentes, aun cuando en menor escala, en la medicina general. En primer lugar, la industria aplica enormes recursos económicos a la investigación neurobiológica y genética, en gran parte dirigidos a la producción de nuevas moléculas químicas; un noventa por ciento de la investigación actual en este sector está financiada por la misma industria, en laboratorios propios, financiando universidades y laboratorios privados. Es obvio que la producción científica está direccionada a la producción de conocimientos en el cual se alimenta hoy gran parte del saber de los psiquiatras. En segundo lugar, desde hace años, bajo el eslogan de la “década del cerebro”, la industria desarrolla una política amplia de difusión, dirigida a crear y fortalecer el mercado para sus productos. Estos objetivos se dirigen en dos direcciones. Por un lado, a través de medios masivos de comunicación: periódicos, revistas, televisión, noticieros, documentales en cine, etc., en los cuales se anuncian periódicamente nuevos descubrimientos “científicos” sobre el comportamiento humano y sus malestares, e indica que la “ciencia está tras ellos” para combatirlos: pronto estará el anuncio del nuevo remedio (ver la campaña por el alprazolan en Estados Unidos, luego por la foxetina, últimamente por el Viagra). Por otra parte, una política similar de propaganda se dirige al sector profesional (que es el que en definitiva vende estos productos): artículos en revistas científicas, publicación de nuevos estudios, financiando libros y revistas, organizando simposios donde se exponen los nuevos productos y sus beneficios, financiando la realización de congresos. Gran parte de la literatura científica actual sobre las neurociencias y la aplicación de fármacos en psiquiatría proviene de esta industria. En tercer lugar, asistimos, como parte de esta política, a una nueva asociación entre la industria farmacéutica y las corporaciones de los especialistas. Por esta asociación la industria financia la realización de congresos, las publicaciones de las asociaciones profesionales, viajes de placer, jornadas especiales sobre un nuevo producto, etc. Quienes asisten últimamente a estos congresos podrán observar que su montaje es progresivamente más dependiente de los laboratorios y sus criterios de comercialización que de los criterios científicos de la disciplina. Muchas de estas actividades están dirigidas a promover determinados liderazgos científicos entre profesionales más aptos para plegarse a los objetivos comerciales de la industria. En su conjunto, todas estas acciones convergen para potenciar la medicalización, generar la ilusión de que para cada malestar de la existencia tendremos el remedio adecuado para eliminarlo, sin necesidad de detenernos en preguntarnos por sus razones. Es tal la magnitud de este nuevo poder, y de esta asociación con las corporaciones profesionales, que recientemente se está promoviendo en el ámbito legislativo en Estados Unidos una ley para limitar y controlar esta relación económica entre industria y profesionales.
* Fragmento del libro Psicofármacos y salud mental. La ilusión de no ser, de reciente aparición (Lugar Editorial).

lunes, 21 de enero de 2008

FUNDADES firma convenio con el BID


FUNDADES firma convenio con el BID

La Fundación para el Desarrollo Solidario (Fundades) firmó el 17 del presente un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para que los colaboradores de esa institución empiecen a reciclar papel dentro del programa “El Nuevo Papel de la Solidaridad” que tiene como objetivo brindar becas de pre-escolaridad a niños con discapacidad.Asimismo, el municipio de Jesús María fue el anfitrión del evento de relanzamiento del Sistema de Información para Personas con Discapacidad – INFODIS cuya finalidad es constituirse en una herramienta básica, interactiva y sencilla para proporcionar la mejor información para las personas que presenten alguna discapacidad.Tanto Ana María Rodríguez, representante del BID en el Perú, como Enrique Ocrospoma, alcalde de Jesús María coincidieron en indicar que las acciones por visibilizar el problema de las personas con discapacidad en el Perú aún son escasas por lo que iniciativas como las ejecutadas por Fundades son muy importantes.Gracias al programa “El Nuevo Papel de la Solidaridad” auspiciado por la empresa Kimberly Clark del Perú, 30 niños con discapacidad cuentan ya con becas integrales, sin embargo se requiere que más personas e instituciones se unan a esta loable causa, por lo que se les invita a depositar la mayor cantidad de papel posible en los contenedores azules de la campaña que se encuentran en todos los autoservicios.Y si desean contar con información oportuna sobre ofertas laborales para personas con discapacidad, lugares accesibles, hacer alguna denuncia u otro, ingrese a http://www.infodisperu.org/ o contáctese a través de la línea telefónica de consulta (2510202).Publicado 19/01/08
Publicado por taskichiyperu@yahoo.com en 19:13
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miércoles, 9 de enero de 2008

¿EXISTE LA SALUD "MENTAL"?

¿EXISTE LA SALUD "MENTAL"?

Por: Baldomero Cáceres Santa María

Psicólogo social

Publicado en Perú 21 el domingo 6 de enero de 2008

En el reciente foro convocado por el Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Católica (Idehpucp), "Hacia un Proyecto de Ley en Salud Mental", se expusieron los lineamientos generales del tercer proyecto de ley al respecto elaborados en nuestros días, esta vez por el Grupo de Trabajo de Salud Mental (GTSM), proyecto que seguramente irá a dormir en comisiones como los anteriores. De lo cual personalmente me alegro. Los primeros, como el reciente, han sido asesorados por psiquiatras y, recordando a Clemenceau pienso que la salud es asunto demasiado serio para dejarlo en sus manos, como él pensaba – y coincido – que la guerra lo es para dejarla en manos de militares.
Mientras que hablar de "enfermedades mentales" y en contraposición de "salud mental" es parte del lenguaje común correspondiente a la impuesta teología psiquiátrica, otro es el lenguaje científico que se refiere a fenómenos, lo observable, lo que se percibe: transtornos de la conciencia y la conducta, como serían la angustia, el nerviosismo, la confusión y desorganización del pensamiento, el descontrol emocional, la depresión, la agitación, la ira, la violencia y otras manifestaciones disfuncionales para la propia realización personal y para las relaciones sociales.
La psiquiatría, en efecto, mediante la autoridad otorgada por los Estados Laicos, dogmatizó sus asertos y encerró precipitadamente en pseudocategorías diagnósticas (psicosis, neurosis, psicopatías, etcétera) síntomas diversos cuyo origen y "terapia" no conocía a ciencia cierta. Debido a tal ignorancia, pero urgidos por la práctica, los psiquiatras recurrieron y recurren a fármacos diversos, siempre con efectos secundarios indeseables y riesgos de salud por el uso acumulativo, cuando no a recursos "heroicos" como fueron las terapias populares del choque insulínico, el electroshock (al que aún hoy se sigue recurriendo impunemente), la lobotomía o su reemplazo mitigado de la cingulotomía, formas, entre otras, de domesticar a sus pacientes.
Así me parece un contradicho, dada su atención a los derechos humanos, que Idehpucp, para elaborar una ley de "salud mental", haya recurrido a quienes no parten de la realidad sino de sus propios libros para emitir consejos e imponer restricciones que a todos nos perjudica. Como las asumidas por el D.L. 22095 de 1978, conocido como Ley de Drogas, señalando al coqueo andino como una "drogadicción" o "farmacodependencia", cargo que la escuela psiquiátrica peruana no ha retirado aún hoy día y que Cedro disimula. Si los psiquiataras no entienden cabalmente las "enfermedades mentales" que crean, tratan y maltratan (y no las entienden todavía), ¿cómo van a ser los adecuados consejeros de la salud pública?
El etnocentrismo de la indisciplina médica lo llevó a difamar recursos de la medicina tradicional para superar diversos estados penosos de la existencia humana. Los opiáceos, el cañamo de la India y la coca tuvieron una amplia acogida medicinal en Estados Unidos y Europa durante el siglo XIX. Luego vino la psiquiatría, "secundum Kraepelin dixit", y se difundió el hablar de "los flagelos" (morfinismo, canabismo y cocainismo) que aspiraban a reemplazar, en el imaginario colectivo, a los verdaderos flagelos de los pueblos que son la guerra y el hambre.
Hoy bien se reconoce que buena nutrición y actividad física son requisitos del equilibrio y bienestar integral al cual debiera dedicar su interés el Ministerio de Salud, parte de la higiene pública. Hablar de salud integral debiera ser suficiente. Tema de nutricionistas, médicos y psicólogos, quienes en equipo atenderían mejor a la actual clientela psiquiátrica.
Recurrir a la autoridad de psiquiatras (rizando el rizo del absurdo, con colaboración de psicoanalistas) para atender problemas de salud pública, solo demuestra la denunciable locura pública establecida en nuestra aldea.

viernes, 7 de septiembre de 2007

APRODEH: Normas sobre salud mental tienen grandes vacíos







Foto: CNR


APRODEH: Normas sobre salud mental tienen grandes vacíos


Lima, 06/09/2007 (CNR) - Pese a la diversidad de normas sobre salud mental, existen grandes vacíos en lo que respecta a la atención para los afectados por la violencia política, denunció Elsa Bustamante, responsable del Área de Salud Mental de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH).
“En marzo de este año se dio el decreto del listado único de intervenciones sanitarias para el Seguro Integral de Salud (SIS) que pone en intervención preventiva la detección de los problemas de salud; pero no incluye las intervenciones recuperativas”, enfatizó.
En declaraciones al programa "Diálogo Directo" de la Coordinadora Nacional de Radio (CNR), Bustamante indicó que los casos de violencia, suicidio, depresión y ansiedad son estadísticamente grandes y tienden a incrementarse en nuestra sociedad. “Uno de los principales problemas a nivel nacional que padecen estas personas es el poco acceso al tratamiento. En Lima, hay tres hospitales psiquiátricos que son insuficientes, pero en otros departamentos no existe esta atención”, puntualizó.
Respecto a la población afectada por el conflicto armado se ha visto que en muchos países lo más efectivo es el trabajo comunitario. “Los programas comunitarios crean espacios de soporte para las personas y generan la reconstrucción de redes sociales y de memoria”.
Bustamante recordó que el régimen de Alejandro Toledo logró importantes avances en la atención al sector salud. Así, se definieron estrategias sanitarias de salud mental que fueron apoyadas con inversión extranjera para la atención a los afectados por la violencia y aquel sector de peruanos que padecen distintos problemas mentales.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Sí o sí hay que ver Sycko, de Michael Moore









Sí o sí hay que ver Sycko, de Michael Moore


Por momentos, la película Sycko, de Michael Moore, recuerda esas escenas de los filmes cómicos de antaño, donde uno sabía exactamente lo que iba a ocurrir y, sin embargo, reía a carcajadas cuando ocurría. Ver a gringos honestos y desinformados descubrir que el mundo afuera de su país no es como se lo contaron, es realmente un placer.
Por otro lado, las escenas donde Bush padre anuncia los horrores de la medicina socialista de Canadá, cotejadas con la realidad filmada en el país mencionado por el ex presidente de EE.UU., expresan con crudeza y realismo que el energúmeno que gobierna hoy la superpotencia tenía de quién heredar su inclinación por la mentira y la farsa.
Frente a los sistemas de salud de Francia, Reino Unido y Cuba, EE.UU. es algo menos que un país tercermundista pues en estos, a veces, el rostro del capitalismo tiene ciertos rasgos de humanidad que los distinguen de las grandes empresas estadounidenses vinculadas al negocio de la salud.
Los testimonios de personas que han perdido alguna parte de su cuerpo o a algún miembro de su familia por leguleyadas inventadas por las compañías que cubren los riesgos de la salud son realmente atroces.
La demostración simple, clara y directa de que cualquier empresa cuya finalidad última y única (por lo que se puede apreciar) es maximizar sus ganancias nunca, jamás, podrá ser responsable de la salud de un pueblo. Su objetivo, según declaran algunos ex empleados, es ahorrar. Y eso significa negar el mayor número de tratamientos posible.
En muchos casos, las consecuencias no son fatales pero, en otros, sí lo son y los perjudicados todo lo que pueden hacer, en ese país de las libertades, es protestar a través de una película de Michael Moore porque todas las otras instancias son sordas e indiferentes a sus quejas. Es como si les dijeran: "¿Querían una sociedad caníbal? Ya la tienen, así que a quejarse a otro lado". Y uno no puede menos que preguntarse por el grado de responsabilidad individual de los damnificados por haber aceptado durante tantos años, con deliberada ceguera, que a otros les ocurriera lo que ellos ahora denuncian.
El asombro de los estadounidenses a quienes Moore lleva al Reino Unido es mayúsculo. No pueden entender que, en esa nación, la medicina se financie con los impuestos que pagan todos los ciudadanos y que no sea un negocio infecto, como en su país donde, además de haber 50 millones de personas sin cobertura médica, los que la tienen deben lidiar con empresas que actúan con principios que, en otro lugar de la tierra, seguramente serían sancionados por atentar contra la vida y la dignidad humana.
Los bomberos que actuaron el 11-S en el ataque a las Torres Gemelas y que el Estado abandonó luego a su suerte fueron conducidos por Moore a Cuba, donde a cada uno se le aplicó un tratamiento acorde con su dolencia, pues los bomberos, para los cubanos, componen una cofradía universal.
En suma, Sycko es un alegato en favor de una conducta humana que el capitalismo salvaje de la actualidad parece incapaz de practicar.


miércoles, 5 de septiembre de 2007

La salud mental en el mundo: todo por hacer


INFORMES EN 'THE LANCET'
La salud mental en el mundo: todo por hacer
La revista 'The Lancet' publica una serie de artículos sobre estos trastornos
Investigadores de todo el mundo denuncian la crítica situación de muchos pacientes
Poca inversión, una mala gestión y la estigmatización son algunas de las barreras
Actualizado martes 04/09/2007 02:07 (CET)

ÁNGELES LÓPEZ
MADRID.- El 14% de todas las enfermedades en todo el mundo corresponde a patologías neuropsiquiátricas. Sin embargo, más de un tercio de las personas con esquizofrenia y una de cada dos con otro trastorno mental no recibe ningún tratamiento. La revista 'The Lancet' analiza, a través de una serie de artículos, la situación de estos pacientes, los retos por abordar y las posibles soluciones para alcanzarlos.
Con la idea de lanzar una llamada de atención internacional, 'The Lancet' ha reunido una serie de artículos elaborados por especialistas de todo el mundo con el propósito de dar a conocer las deficiencias que existen en torno a la salud mental, además de incentivar tanto a políticos como donantes y profesionales para que ofrezcan más ayudas en la lucha contra estas enfermedades.
Los trastornos neuropsiquiátricos engloban un gran número de patologías que van desde la esquizofrenia o la depresión hasta la adicción alcohólica. Cada año, más del 30% de la población mundial sufrirá alguna enfermedad de este tipo. Sin embargo, existen lagunas terapéuticas en casi el 90% de los países en desarrollo.
Los datos que recogen estos informes en torno a la salud mental son desmoralizadores. A pesar de algunas iniciativas, como las llevadas a cabo por la Organización Mundial de la Salud o su homóloga en Latinoamérica para concienciar sobre la gravedad de estos trastornos, poco se ha hecho para pasar de la teoría a la práctica, según denuncia en uno de los artículos Martin Prince, del Instituto de Psiquiatría de Londres, junto con otros colegas.
La base de otras enfermedades
Prince pone de manifiesto en dicho artículo, titulado 'No hay salud sin salud mental', los numerosos problemas relacionados con las enfermedades psiquiátricas. Además de todas las causas de mortalidad, incluido el suicidio, estos trastornos conllevan un mayor riesgo de desarrollar otros problemas. Un ejemplo son las patologías cardiovasculares que aparecen con más frecuencia entre las personas que sufren depresión, ansiedad o trastorno bipolar.
A esas enfermedades hay que añadir otros síntomas que para los médicos no tienen una explicación lógica, son los denominados somáticos: dolor, fatiga, mareos... o algunos síndromes como el de intestino irritable, la fibromialgia o la disfunción témporo mandibular. Estos trastornos generan cada año grandes gastos, tan sólo en Estados Unidos son responsables de un coste sanitario que alcanza cada año los 256.000 millones de dólares.
En muchos casos el flujo entre enfermedad mental y otra patología es bidireccional, es decir, una depresión puede conducir a otro trastorno o al contrario. Por ejemplo, muchas personas diabéticas desarrollan depresión asociada con alguna de las complicaciones del trastorno metabólico como la retinopatía diabética o la nefropatía.
Por otro lado, los trastornos psiquiátricos están relacionados con un peor cumplimiento de las terapias, y cuando se trata de tratamientos de enfermedades infecciosas, como el sida o la tuberculosis, las consecuencias pueden ser graves como la aparición de un mayor número de resistencias o un peor pronóstico del paciente.
Pocos programas, menos financiación
Si la situación es mala en general, los hechos llegan a ser críticos para los países en vías de desarrollo. Según un informe mundial, tan sólo el 11% de los casos graves de trastornos mentales en China recibe algún tratamiento. Esa cifra es similar, del 10,4%, cuando los pacientes viven en Nigeria.
"La mayoría de los intentos de mejorar la cobertura [para los enfermos de estos países] han sido inadecuadamente planificados y administrados", reza otro artículo de la revista. "Nuestra llamada de atención se dirige a los actores involucrados --gobernantes, agencias multi y bilaterales, donantes (que frecuentemente ignoran la salud mental), especialistas en salud mental y pública, investigadores, sociedad civil y consumidores", exponen los autores.
Según estos investigadores, procedentes de centros de todo el mundo, para mejorar la cobertura de estas personas se requeriría un gasto extra de 20 céntimos de dólar por persona y año para un país pobre y de 30 para un país de ingresos medios, es decir, un gasto de dos y tres dólares por persona, respectivamente.
Para contribuir a ese desarrollo se deben superar, no obstante, algunas barreras: priorizar la salud mental en la agenda pública de salud; mejorar la organización de los servicios relacionados con estas patologías; descentralizar la atención ofrecida en los hospitales y potenciar la ofrecida en la atención primaria; educar a más profesionales de la salud en estas enfermedades; y por último, destinar más especialistas en salud mental a puestos directivos de salud pública.

En:
http://elmundosalud.elmundo.es/elmundosalud/2007/09/03/neurociencia/1188844607.html

MI VIDA CON... / ESQUIZOFRENIA




MI VIDA CON... / ESQUIZOFRENIA
"Cuando pierdes la cabeza, sobra lo demás"




Mari luz corcuera convive desde hace más de 30 años con este trastorno mental. «Haciéndote fuerte por dentro no te vienen las paranoias de fuera», asegura.
AINHOA IRIBERRI

(Foto: Julián Jaen)
Mari Luz Corcuera tiene un día a día muy atareado. Se levanta temprano, pasea al menos siete kilómetros cada mañana, practica yoga, lee y participa en un programa de radio de la Asociación en Lucha por la Salud Mental y los Cambios Sociales (ALUSAMEN), a la que pertenece desde hace más de 10 años. Excepto porque tiene una incapacidad que le impide trabajar, esta mujer de 64 años hace una vida prácticamente normal. Sin embargo, le ha costado mucho llegar hasta aquí.
Mari Luz pertenece al 1% de los españoles que padece esquizofrenia, una enfermedad psiquiátrica que está considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una de las 10 patologías más invalidantes que existen.
«Trabajaba de maestra en un colegio religioso en Madrid, tras haberme salido de monja después de más de 15 años de servicio. Eran los últimos años del franquismo y yo era muy revolucionaria, la que llevaba al colegio las consignas del movimiento de enseñanza. En esos tiempos, animé a mis compañeros a ir a la huelga. El director del centro llamó a un comisario de policía que me dijo: 'Ya puedes irte a trabajar lo más cerca a Canarias, porque te voy a hacer la vida imposible'. Desde entonces, cada vez que veía un policía, y había muchos en la calle a finales de 1974, pensaba que venían a por mí», relata sobre los inicios de su enfermedad.
De esos primeros tiempos recuerda el miedo. «Notaba que me perseguían. Me quedaba en casa para estar a salvo y me entraba agorafobia [pánico a los espacios abiertos]. Pensaba que me iban a disparar desde cualquier ventana y tenía lo que yo llamo pensamiento transparente, creía que los demás tenían acceso a mi mente y sabían lo que estaba pensando».
Al principio, no era consciente de su dolencia. «Creía que lo que me pasaba era verdad; fui al médico porque mis amigas se pusieron muy pesadas. La psiquiatra me dijo directamente que estaba como una cabra y que, si quería que me tratara, tenía que ser en el hospital».
No recuerda bien qué fármacos le recetaron en aquella época, pero sí que no los consumía con mucha disciplina. «No era consciente de que estaba enferma. Para un esquizofrénico, aceptar la patología es media curación. Dices, ¿qué me va a hacer un psiquiatra, si a mí lo que me pasa es que me están persiguiendo?».
Sus experiencias hospitalarias le llevaban a alternar periodos de baja y alta laboral. Tenía el apoyo de familiares y amigos, pero el día a día en el colegio era duro. «Además de las paranoias, el antipsicótico que tomaba entonces -sólo de vez en cuando- hacía que se me fueran los ojos continuamente a las luces. También notaba pérdida de memoria».
En 1981, seis años después del diagnóstico, llegó la incapacidad laboral. El pronóstico que figuraba no podía ser más crudo: esquizofrenia paranoide con imposibilidad de recuperación.
A partir de entonces, deambuló por alrededor de 15 hospitales, probando diversos tipos de terapias. «Fui a un psiquiátrico privado en Palencia, porque una amiga monja se había curado allí; pero no nos dejaban entrar en la habitación, nos hacían trabajar y, además, eran todas de derechas y yo no comulgaba con sus ideas».
Uno de sus peores recuerdos es un centro en Marruecos, donde fue a parar a causa de un brote psicótico que sufrió en el transcurso de un viaje organizado. «Tenía los colchones de paja, la comida era horrible. De la rabia, tiraba los platos al suelo; además, nadie de mi familia sabía donde estaba, mis hermanos tuvieron que remover cielo y tierra para encontrarme». De entre las experiencias más positivas, destaca una clínica privada en Madrid donde le hicieron una cura de sueño. «Se me olvidó todo. ¡Qué liberación!, no me perseguía nadie».
El momento clave que cambió el curso de su enfermedad se produjo hace 20 años, cuando tomó conciencia de su problema y de la necesidad de tratarse farmacológicamente. «Un amigo vasco me dijo 'no seas ignorante, que el cerebro es química. A tí te falta algo y lo tienes que tomar'». Paradójicamente, él fue el origen de una de sus paranoias más impactantes. «Hablabamos mucho de la situación política en el País Vasco. Me empecé a obsesionar y pensé seriamente que ETA me había elegido para matar al Rey, porque al estar loca no me iba a pasar nada».
Esta obsesión recurrente fue la causa de su último ingreso hospitalario hace ya más de cinco años. Desde entonces, ha aprendido a convivir con su enfermedad a base de trabajo. «He salido de lo más profundo que uno se puede imaginar y ahora estoy encantada con la vida. Voy a yoga, a talleres, leo libros de autoestima. He orientado mi vida a tener la cabeza amueblada».
Comparte piso con una amiga que también padece esquizofrenia. El contacto con otros enfermos es constante, la mayoría de las veces a través de ALUSAMEN. Fue precisamente en una fiesta de esta asociación, donde se atrevió a recitar por primera vez unos versos que había escrito: «Nadie sabe lo que sufre un enfermo mental, cuando pierdes la cabeza, sobra todo lo demás».

FICHA PERSONAL

- Mari Luz Corcuera tiene 64 años. Fue monja hasta los 30 y a los 33, cuando ya era seglar, recibió el diagnóstico.
- Trabajaba como maestra en un colegio. Su apoyo a una huelga profesional hizo que el director avisara a la policía. Entonces empezaron los síntomas de su trastorno mental.
- Ha ingresado en cerca de 15 hospitales y centros psiquiátricos, incluyendo dos en Italia y en Marruecos. El último fue hace cinco años.
- No trabaja pero lleva una vida cercana a la normalidad. Colabora en un programa de Radio Vallekas de la asociación ALUSAMEN.
- Se trata con un antipsicótico atípico y un ansiolítico. Visita al psiquiatra cada cuatro meses. Si pudiera cambiar algo, habría empezado a tomar la medicación a diario desde el principio.
Los fármacos ayudan a controlar los síntomas.
Los antipsicóticos se introdujeron en la práctica clínica a mediados de los años 50 y sirven para disminuir los síntomas positivos de la esquizofrenia, pero no los negativos. Actualmente se emplean los denominados de segunda generación. El principal problema es la adherencia: hasta el 60% de los pacientes incumple el tratamiento.
Dónde acudir para saber más de la enfermedad.

En la Red existen numerosos recursos:

'http://www.esquizofreniabrelaspuertas.com ('el objetivo de esta web es combatir el estigma y el rechazo a los esquizofrénicos)
'http://www.esquizofreniaonline.com'
'http://es.wikipedia.org/wiki/Esquizofrenia'.
Teléfono asociación ALUSAMEN: 914778661
En su origen se implican factores genéticos y ambientales.
No se conoce con exactitud qué provoca la enfermedad, aunque se citan factores genéticos y ambientales (consumo de ciertas drogas alucinógenas o problemas sociales, como una tragedia familiar) que podrían aumentar el riesgo de sufrirla. Las últimas teorías apuntan hacia un trastorno del neurodesarrollo que se da en la gestación, pero esto es aún sólo una hipótesis.
Ideas delirantes que se combinan con momentos de pérdida de vitalidad.
La dolencia se suele reconocer por un cambio en el funcionamiento social para el que no hay explicación. Se caracteriza por dos tipos de síntomas: los denominados positivos, entre los que destacan las ideas delirantes, de las que la persona está convencida a pesar de la ausencia de pruebas, y los negativos, entre otros, el embotamiento y la pérdida de vitalidad, que son mucho más difíciles de identificar.

Un trastorno psiquiátrico que afecta al 1% de la población mundial.
Se caracteriza por distorsiones en la percepción y en el pensamiento, que interfieren con la capacidad para reconocer lo que es real, así como para controlar las emociones, pensar con claridad, emitir juicios y comunicarse. Es el trastorno psicótico más común e importante. Se suele manifestar al final de la adolescencia o a principios de la edad adulta. Los varones exhiben síntomas antes.

lunes, 25 de junio de 2007

Drogas siquiátricas: ¿medicina o curanderismo?


Drogas siquiátricas: ¿medicina o curanderismo?

por Lawrence Stevens, J.D.
Traducido por César Tort (México, DF) - cesartort@usa.net


Las drogas siquiátricas son inútiles y la mayoría de ellas dañinas. Muchas causan permanentes daños cerebrales en las dosis que comúnmente se dan. Las drogas siquiátricas y la profesión que las promueve son un peligro para su salud.

ANTIDEPRESIVOS


El Libro de texto comprensivo de siquiatría IV dice: “Las drogas de tipo triciclo[1] son el tipo más efectivo de antidepresivos” (Williams & Wilkins, 1985, p. 1520). Pero en su libro Venciendo a la depresión el Dr. Andrew Stanway dice: “Si las drogas antidepresivas fueran realmente tan efectivas como se anuncia, los índices de ingreso a hospitales por depresión habrían disminuido los últimos veinte años en que han estado disponibles. Desgraciadamente, esto no ha ocurrido.... Muchas pruebas han mostrado que los triciclos apenas son más efectivas que los placebos, e incluso se ha encontrado que algunos no son tan efectivos que ese tipo de placebos o pastillas falsas” (Hamlyn Publ., 1981, pp. 159s). En su libro de texto Terapia electroconvulsiva, el Dr. Richard Abrams, profesor de siquiatría en la Escuela Médica de Chicago, explica la razón por la que actualizó su libro: “En estos seis años ha aumentado el interés en el ECT.[2] ¿Qué ha causado este cambio de actitud en la siquiatría americana? Quizás el desencanto con los antidepresivos. No se ha encontrado que ninguno sea terapéuticamente superior a la imipramina [un triciclo], que ya tiene treinta años, y los compuestos introducidos recientemente son menos efectivos o más tóxicos que las drogas de antaño (Oxford Univ. Press, 1988, p. xi). Abrams añade que “a pesar de los alegatos de los fabricantes, ningún progreso significativo en el tratamiento farmacológico de la depresión ha ocurrido desde la introducción de la imipramina en 1958” (p. 7). En el prólogo al libro de Abrams, el Dr. Max Fink, profesor de la Universidad de Nueva York en Stony Brook, mencionó la razón por la que el uso de la “terapia” del ECT ha incrementado para la depresión: se debe a lo que llama “desilusión de la eficacia de las drogas sicotrópicas” (p. vii). En su libro Drogas siquiátricas: un peligro para el cerebro, el Dr. Peter Breggin asevera: “La cuestión más importante sobre los antidepresivos más usados es que no producen un efecto específico. De igual manera que los neurolépticos hacia los que están emparentados, son altamente neurotóxicos e inhabilitantes del cerebro y logran su impacto por medio de interrumpir el funcionamiento normal del cerebro... Sólo la ‘opinión clínica’ de los que promueven estas drogas habla de efectos antidepresivos” (Springer Publ. Co., 1983, pp. 160 & 184). Un artículo de Newsweek dice que “el Prozac... y sus primos químicos Zoloft y Praxil no son más efectivos que los tratamientos anteriores de la depresión” (7 febrero 1994, p. 41). La mayoría de la gente con la que he hablado que han tomado antidepresivos, incluyendo Prozac, dicen que esas medicinas no les funcionaron. Esto arroja dudas sobre la afirmación que el sesenta por ciento de la gente que toma medicamentos supuestamente antidepresivos se mejora.

LITIO

Se dice que el litio ayuda a la gente cuyos humores cambian repetidamente de encontrarse en júbilo a desalentado y otra vez a júbilo, etc. Los siquiatras le llaman a esto trastorno maníaco depresivo o trastorno bipolar. El litio se prescribió por primera vez como droga siquiátrica en 1949 por un médico australiano, John Cade. De acuerdo con un texto de siquiatría: “Mientras experimentaba con animales, incidentalmente Cade notó que el litio hacía más letárgicos a los animales, de manera que comenzó a administrarle esta droga a los pacientes agitados”. El texto describe éste como “un momento crucial en la historia de la sicofarmacología” (Harold Kaplan y Benjamin Sadock, Siquiatría clínica, Williams & Wilkins, 1988, p. 342). Sin embargo, si no quieres encontrarte letárgico, tomar litio difícilmente te traerá beneficios. Una persona que cree en la terapia del litio admitirá que causa “un sentimiento ligeramente depresivo y generalmente letárgico” y le llamará “letargia estándar” causada por litio (Roger Williams, “¿Una decisión precipitada?: enfrentando las secuelas de un episodio maníaco depresivo” en la revista American Health, octubre 1991, p. 20). De igual manera, uno de mis parientes fue diagnosticado de maníaco depresivo y le dieron carbonato de litio. Años después me dijo: “El litio me sacó de encontrarme arriba pero no de las bajas”. No debe sorprender que una droga que induce letargia tenga este efecto. Increíblemente, algunas veces los siquiatras afirman que el litio mantiene al margen los sentimientos de depresión a pesar que el litio, como la mayoría de medicamentos siquiátricos, producen sentimientos de desgano e infelicidad (a pesar que se llamen “antidepresivos”).

TRANQUILIZANTES MENORES / MEDICAMENTOS CONTRA EL ANSIA
Entre las drogas siquiátricas más usadas están los llamadas tranquilizantes menores: Valium, Librium, Xanax y Halcion. Los médicos que las prescriben dicen que poseen un efecto calmante contra la ansiedad y que suprime estados de pánico, o que son buenas para dormir. Cualquier persona que crea esas cosas debe ir a la biblioteca más cercana y leer el artículo “Ansiedad alta” en la revista Consumer Report (enero 1993) o el capítulo 11 de Siquiatría tóxica del Dr. Peter Breggin (St. Martin Press, 1991): ambos documentos afirman lo opuesto. Como la mayoría de las drogas siquiátricas, los llamados tranquilizantes menores no curan nada sino son meramente drogas que bloquean el funcionamiento cerebral. En ciertas pruebas clínicas para un juicio, el 70 por ciento de las personas que toman Halcion “desarrollaron pérdida de memoria, depresión y paranoia” (“La compañía Upjohn defiende una controversial droga para dormir” en Miami Herald, 17 diciembre 1991, p. 13A). De acuerdo a Newsweek (17 febrero 1992) “cuatro países han prohibido completamente ese medicamento” (p, 58). En Siquiatría tóxica, Breggin, hablando de los tranquilizantes menores, dijo: “Como la mayor parte de los medicamentos siquiátricos, el uso del medicamento eventualmente causa un incremento en los mismos síntomas que se supone la droga debe aminorar.

MEDICAMENTOS SIQUIÁTRICOS CONTRA EL SUEÑO: EL SUEÑO DISTINGUIDO DE INCONCIENCIA INDUCIDA POR MEDICAMENTOS
Contrariamente al alegato que los tranquilizantes mayores y menores y los antidepresivos son buenos para dormir, el efecto es bloquear el verdadero sueño. Cuando presenciaba clases de siquiatría con un amigo estudiante, el profesor nos dijo: “Las investigaciones han mostrado que no necesitamos dormir, pero necesitamos soñar”. La fase del sueño es la parte crítica. La mayoría de las drogas siquiátricas, incluyendo las promovidas como medicamentos para dormir o tranquilizarse, inhiben la fase del soñar induciendo un estado que parece sueño pero que en realidad es un estado inconsciente sin sueños. En otras palabras, el sueño es una importante actividad mental que es detenida con la mayoría de las drogas siquiátricas. Una revista de autoayuda aconseja: “No tomes pastillas para dormir a menos que te las prescriba un médico, y aún así no más de diez noches consecutivas. Además de perder su efectividad y convertirse en adictivas, los medicamentos que inducen el sueño reducen o previenen el estado del sueño necesario para la salud mental” (revista Going Bankers?, primer número, p. 75). En El libro del cerebro, Peter Rusell, profesor de la universidad de Rhode Island, dice: “Al dormir, especialmente en los períodos del sueño, las proteínas y otros químicos que el cerebro usa en el día se abastecen con creces” (Plume, 1979, p. 76). Experimentos sobre privación del sueño en gente normal muestran que causa alucinaciones si se continúan por el tiempo suficiente (Maya Pines, Los modificadores del cerebro, Harcourt Brace Jovanovich, 1973, p. 105). Éstas son realmente las consecuencias de tomar drogas que inhiben o bloquean el verdadero sueño.

LOS TRANQUILIZANTES MAYORES / NEUROLÉPTICOS / ANTISICÓTICOS / ANTIESQUIZOFRÉNICOS
Todo lo dicho sobre los antidepresivos siquiátricos, el litio y los llamados agentes contra el ansia (los tranquilizantes menores) no es nada comparado con los tranquilizantes mayores, algunas veces llamados “antisicóticos”, “antiesquizofrénicos” o “neurolépticos”. Incluidos en esta categoría tenemos a Thorazine (clorpromazina), Mellaril, Prolixin (flupenazina), Compazine, Stelazine, Haldol y muchos otros. En términos de sus efectos sicológicos, estos llamados tranquilizantes mayores causan miseria, no alivio.
Físicamente y neurológicamente aniquilan la habilidad de pensar y actuar, incluso en dosis comunes. Al inhabilitar a la gente, pueden detener casi cualquier pensamiento o conducta que el “terapeuta” desee detener. Pero esto es simplemente deshabilitar a la gente, no terapia. La droga temporalmente deshabilita o destruye tanto una buena parte de la personalidad de una persona como la mala. Hasta qué grado la deshabilitación que impone la droga pueda superarse al discontinuar su uso depende de por cuanto tiempo se haya administrado, y a qué dosis. Las drogas llamadas tranquilizadores mayores o antisicóticos o neurolépticos dañan el cerebro más clara, severa y permanentemente que cualesquier otras usadas en siquiatría. Los doctores Joyce e Iver Small, profesores de siquiatría en la Universidad de Indiana, critican a los siquiatras que usan “medicamentos sicoactivos que se sabe tienen efectos neurotóxicos”, y hablan de que cada vez se “incrementa el reconocimiento sobre los perjuicios a largo plazo, y a veces irreversibles, en el funcionamiento cerebral inducido por las drogas neurolépticas. En estos casos la evidencia de daño cerebral no es sutil sino patente a todas luces ¡incluso para un observador casual!” (Ciencias de la conducta y del cerebro, marzo, 1984, p. 34). De acuerdo al Dr. Conrad Swartz, profesor de siquiatría en la Escuela Médica de Chicago: “Si bien los neurolépticos alivian la ansiedad sicótica, su efecto tranquilizante aplana los finos detalles de la personalidad incluyendo la iniciativa, la reactividad emocional, el entusiasmo, la conducta sexy, el estado de alerta... Esto sucede además de reacciones colaterales como movimientos involuntarios que pueden ser permanentes, mismos que evidencian el daño cerebral” (Ciencias de la conducta y del cerebro, marzo, 1984, pp. 37s). Un reporte de 1985 en Reporte de leyes de minusvalidez mental y física indica que por fin las cortes de Estados Unidos han comenzado a considerar que la administración involuntaria de neurolépticos involucra los derechos invocados en la Primera Enmienda debido a que “las drogas antisicóticas tienen la capacidad de afectar severa y permanentemente la habilidad de un individuo de pensar y comunicarse” (“Prosiguen las demandas sobre medicación involuntaria”, enero/febrero, 1985, p. 26, énfasis añadido). En Moléculas de la mente: la nueva ciencia de la sicología molecular, el profesor Jon Franklin observó: “Esta era coincidió con una mayor conciencia que los neurolépticos no sólo no curan la esquizofrenia, sino que en realidad causan daño cerebral. De repente, se vio a los siquiatras que los usan, y a los pacientes marginados de la sociedad, como nazis o algo peor (Dell Publ. Co., 1987, p. 103). En su libro Drogas siquiátricas: un peligro para el cerebro, el Dr. Peter Breggin dice que al usar estos medicamentos que causan daño cerebral “la siquiatría ha desatado una epidemia neurológica en el mundo”, misma que “alcanza de uno a dos millones de personas por año” (op. cit., pp. 108s). En casos severos, el daño producido pos neurolépticos es evidenciado por movimientos anormales llamados discinesia tardía. Sin embargo, esta enfermedad es sólo la cresta del iceberg del daño causado por neurolépticos. Las altas funciones del cerebro son más vulnerables y son perjudicadas antes de las funciones cerebrales elementales como el control motriz. El profesor de siquiatría Richard Abrams reconoce que “se ha reportado que la discinesia tardía ocurre después de algunas pocas tomas de neurolépticos” (citado en Benjamin Wolman, El manual del terapeuta, Van Nostrand Reinhold, 1976, p. 25). En su libro La nueva siquiatría el Dr. Jerrold Maxmen de la Universidad de Columbia dice: “La mejor manera de evitar la discinesia tardía es evitar los antisicóticos del todo. Excepto para el tratamiento de la esquizofrenia jamás deberían usarse por más de dos o tres meses consecutivos. Lo que es criminal es que demasiados pacientes que no deben recibir antisicóticos los tomen (Mentor, 1985, pp. 155s). ¡Pero el Dr. Maxmen no va lo suficientemente lejos! Su caracterización de administrar los llamados antisicóticos como “criminal” es acertada si nos referimos a todas las personas — incluyendo a los llamados esquizofrénicos — aun si los neurolépticos no se administrasen el suficiente tiempo para causar discinesia tardía. El autor del prefacio de un libro de cuatro médicos dijo lo siguiente: “A final de los 1960s resumí la literatura sobre discinesia tardía... La mayoría de los siquiatras o ignoraron la existencia del problema o intentaron inútilmente demostrar que estas anormalidades motoras eran clínicamente insignificantes, o que no tenían que ver con la droga. Mientras tanto el número de pacientes afectados incrementó, así como los síntomas de los que la padecían... Existen pocos investigadores o clínicos que aún duden de la naturaleza yatrogénica [causada por el médico] de la discinesia tardía... Es evidente que mientras más se sabe acerca de los efectos tóxicos de los neurolépticos en el sistema nervioso central, más se ve la necesidad de modificar nuestras prácticas comunes de los mismos. Es muy desafortunado que muchos doctores continúen prescribiendo sicotrópicos en cantidades excesivas, y que un número considerable de instituciones mentales no tienen políticas respecto al manejo y prevención de la discinesia tardía. Si este libro que refleja las opiniones de expertos en el campo puede hacer una mella en la complacencia de muchos siquiatras, no será un logro menor (citado en William Fann et al., Discinesia tardía: investigación y tratamiento, SP Medical & Scientific, 1980). En Drogas siquiátricas Peter Breggin dice: “Los tranquilizantes mayores son drogas altamente tóxicas; son venenos para varios órganos del cuerpo. Son neurotoxinas especialmente potentes, y es común que produzcan daño permanente en el cerebro... La discinesia tardía puede desarrollarse en pocas dosis y en lapsos cortos de tiempo... Generalmente, la demencia [pérdida de las altas funciones mentales] asociada comúnmente con la discinesia tardía no es reversible... Pocas veces me he sentido más triste y abatido que cuando veo la negligencia siquiátrica sobre la evidencia que está causando efectos lobotomizantes irreversibles, sicosis y demencia en millones de pacientes como resultado estos tranquilizantes mayores (op. cit., pp. 70, 107, 135, 146).
El profesor de siquiatría Richard Abrams ha señalado que: “Los antidepresivos de tipo triciclo son ligeras modificaciones químicas de la clorpromazina [conocida en el mercado como Thorazine], y fueron introducidas como potenciales neurolépticos” (citado en El manual del terapeuta, op, cit., p. 31). Asimismo, en Drogas siquiátricas el Dr. Breggin le llama a los antidepresivos “tranquilizantes mayores enmascarados” (p. 166). El siquiatra Mark Gold ha dicho que los antidepresivos también pueden causar discinesia tardía (Buenas noticias sobre la depresión, Bantam, 1986, p. 259).
¿Por qué los llamados pacientes aceptan tales “medicinas”? Algunas veces lo hacen por ignorancia acerca del daño neurológico al que se someten por seguir las indicaciones del siquiatra. Pero muchas ocasiones los neurolépticos son forzados en los cuerpos de los “pacientes” contra su voluntad. En su libro Drogas siquiátricas Breggin dice: “Una y otra vez en mi experiencia clínica he presenciado pacientes al borde de la angustia y la indignación porque les forzaron neurolépticos... El problema es tan rutinario en el hospital que un gran porcentaje de pacientes tienen que ser amenazados con inyecciones para que accedan tomarlos” (p. 45).

EL TRATAMIENTO SIQUIÁTRICO FORZOSO ES COMO UNA VIOLACIÓN
La administración de medicamentos siquiátricos (o un llamado tratamiento de electroshock) es una especie de tiranía que puede compararse, física y moralmente, con la violación. Comparemos la violación sexual con la administración involuntaria de una medicina inyectada intramuscularmente en las nalgas, que es donde suele darse. Tanto en la violación sexual como en la administración involuntaria de drogas siquiátricas, la fuerza es usada. En ambos casos, los pantalones de la víctima se bajan. En ambos casos, un tubo es insertado en el cuerpo de la víctima contra su voluntad. En el caso de la violación, el tubo es el pene. El caso de lo que podemos llamar violación siquiátrica, el tubo es la jeringa. En ambos casos un fluido es inyectado en el cuerpo de la víctima contra su voluntad. En ambos casos se encuentra en, o cerca de, la parte trasera. En el caso de la violación, el fluido es semen. En el caso de la violación siquiátrica, el fluido es Thorazine, Prolixin u otra droga inhabilitante del cerebro. El hecho es que la invasión corporal es similar en ambos casos (si no es que peor en el caso de la violación siquiátrica como explicaré en breve) y así es percibido en la mente de la víctima de cualquiera de estos dos asaltos. Como dijo el profesor de siquiatría Thomas Szasz: “La violencia es violencia independientemente de si la llamemos tratamiento de una enfermedad mental”. Algunas personas no hospitalizadas (es decir, encarceladas) son forzados a reportarse a un doctor para recibir inyecciones que actúan sobre un largo período, como Prolixin, cada dos semanas bajo amenaza de encarcelamiento (“hospitalización”).
Pero ¿porqué es peor la violación siquiátrica que la sexual? Como dijo el cirujano I.S. Cooper en su autobiografía: “Es tu cerebro el que ve, siente, piensa, ordena y responde. Tú eres tu cerebro. De trasplantarse a otro cuerpo, tu cerebro mantendría tus memorias, pensamientos y emociones. Seguiría siendo tú mismo. El cuerpo nuevo sólo sería una vasija; el cerebro te llevaría a un lado y a otro. Tu cerebro eres tú” (El examen vital: mi vida como cirujano del cerebro, Norton & Co., 1982, p. 50, énfasis en el original).
La parte más esencial e íntima de ti no es lo que tienes entre tus piernas, sino lo que tienes entre tus orejas. Un asalto al cerebro de una persona como un “tratamiento” inhabilitador (como drogas sicoactivas, electroshock o sicocirugía) es más íntimo y moralmente más horrible que la violación sexual. Además hay otra razón por la que, en términos morales, la violación siquiátrica es peor que la violación sexual: causa lesiones permanentes en el funcionamiento cerebral. En contraste, en términos generales las mujeres se encuentran con una vida sexual funcional después de haber sido violadas (sufren de daño sicológico, pero también lo sufren las víctimas del asalto siquiátrico). No se vaya a creer que no se creerá que estoy menospreciando el trauma de la violación sexual. De hecho, he asesorado a mujeres asaltadas sexualmente como abogado y sé que cada una de la media docena de mujeres que conozco que han sido violadas posteriormente han tenido una vida sexual normal, y en la mayoría de los casos se han casado y formado familias. En contraste, los cerebros de aquellos sometidos a asaltos siquiátricos no son tan funcionales como antes debido al daño físico que les ha hecho el “tratamiento”. En un talk-show televisivo de 1990, Jeffrey Masson dijo que espera que los responsables de tales “terapias” lleguen un día a enfrentar un juicio de Nuremberg (Geraldo, 30 noviembre 1990).

DROGAS QUE DAÑAN EL CEREBRO SE LES DAN A ANCIANOS EN ASILOS
Estos mismos neurolépticos llamados antisicóticos que dañan el cerebro se administran involuntariamente a ancianos sanos en los asilos de Estados Unidos. De acuerdo a un artículo de revista: “En los asilos los antisicóticos son usados entre el 21 y el 44 por ciento de los ancianos... la mitad de los antisicóticos que se prescriben a los residentes de estos asilos no pueden explicarse en el diagnóstico que se le ha hecho al paciente. Los investigadores sospechan que es común que se usen drogas en esas instituciones como camisas de fuerza químicas: una manera de pacificar a pacientes difíciles (In Health, septiembre/octubre 1991, p. 28). Conozco dos casos de ancianos endebles en asilos que apenas eran capaces de levantarse de la silla de ruedas a quienes se les dio un neuroléptico. Uno se quejó porque que quedó en la silla de ruedas y no pudo caminar con su bastón; el otro se quedó en cama porque no pudo levantarse para al ir al baño, por lo que se defecó en la cama. Aunque ambos estaban tan incapacitados físicamente que no representaban un daño para nadie, osaron quejarse amargamente acerca de cómo fueron tratados. En ambos casos los enfermeros respondieron inyectándoles el neuroléptico Haldol que los incapacitó mentalmente, imposibilitando que se volvieran a quejar. El uso de estas dañinas drogas en asilos de ancianos que no se consideran pacientes siquiátricos muestra que el verdadero propósito de los neurolépticos es el control, no la terapia. Las afirmaciones que estas drogas son terapéuticas es una racionalización sin soporte en los hechos.

ESTUDIOS SUPUESTAMENTE DOBLE CIEGOS SON TENDENCIOSOS [3]
Estudios que indican que los medicamentos siquiátricos ayudan son de dudosa credibilidad debido a que la profesión misma es tendenciosa. Todos o casi todos los medicamentos son neurotóxicos y por esta razón ocasionan síntomas y problemas como boca seca, visión borrosa, mareos, letargia, dificultad para pensar, irregularidades menstruales, retención urinaria, palpitaciones y otras consecuencias de disfunción neurológica. Engañosamente, los siquiatras les llaman “efectos colaterales” incluso si son los únicos efectos reales que produce el medicamento siquiátrico. Los placebos (cápsulas de azúcar) no causan estos problemas. Como estos síntomas o la ausencia de los mismos son manifiestos, evaluar los medicamentos siquiátricos en supuestas pruebas “doble ciegas” significa que no son realmente doble ciegas, haciendo imposible evaluar tales medicamentos imparcialmente. Esta situación hace que el espíritu tendencioso en la profesión esté dando resultados parciales.

MODOS DE ACCIÓN: DESCONOCIDOS
A pesar de diversas teorías y afirmaciones no comprobadas, los médicos no saben cómo las drogas que usan actúan biológicamente. En palabras de Jerrold Maxmen, profesor de siquiatría en la Universidad de Columbia: “Cómo funcionan los medicamentos sicotrópicos no está claro” (La nueva siquiatría, Mentor, 1985, p. 143). La experiencia ha mostrado que el efecto de todas de las actuales drogas siquiátricas es inhabilitar el cerebro de manera general. Ninguno de estos medicamentos posee especificidad (por ejemplo para la depresión, ansiedad o sicosis) que se afirma que posee.

¿COMO “INSULINA PARA LA DIABETES”?
Se dice generalmente que tomar medicamentos siquiátricos es como tomar insulina para los diabéticos. Aunque las drogas siquiátricas sean, como la insulina, tomadas continuamente, la analogía es absurda. La diabetes es una enfermedad con una causa física, en cambio, no se ha encontrado ninguna causa física para ninguna de las llamadas enfermedades mentales. La forma de acción de la insulina es conocida: es una hormona que le instruye a las células que ingieran glucosa dietética (azúcar). En contraste, la forma de acción de los medicamentos siquiátricos es desconocida — aunque tanto proponentes como críticos teorizan que previenen el funcionamiento normal del cerebro por medio de bloquear sus neuroreceptores. Si esta teoría es correcta, la misma representa otro contraste entre la insulina y el medicamento siquiátrico: la insulina restaura una función biológica normal, pero la otra interfiere con otra función biológica normal. La insulina es una hormona que se encuentra naturalmente en el cuerpo, pero las drogas siquiátricas no se encuentran generalmente en el cuerpo. La insulina le da al cuerpo del diabético una capacidad que no tendría en su ausencia, la capacidad de metabolizar azúcar, pero los medicamentos siquiátricos tienen el efecto opuesto: éstos suprimen las capacidades mentales que la persona tendría en ausencia de la droga. La insulina afecta al cuerpo más bien que a la mente, pero los medicamentos siquiátricos inhabilitan al cerebro y por lo mismo a la mente: siendo la mente la esencia del yo verdadero.

EL AUTOR, Lawrence Stevens, es un abogado cuya práctica incluye representar a “pacientes” siquiátricos. Sus panfletos no están registrados en las oficinas de derechos de autor. Se te invita a sacarles copias para distribuirlas a aquellos que creas que se puedan beneficiar.

ACTUALIZACIÓN DE 1998
Las siguientes declaraciones las hizo el Dr. Michael Murphy, miembro clínico de siquiatría en la Escuela Médica de Harvard; el Dr. Ronald Cowan (ibid.) y el Dr. Lloyd Sederer, profesor asociado de siquiatría clínica (también de Harvard) en el libro de texto Anteproyectos en siquiatría (Blackwell science, 1998):
Litio
“El mecanismo de acción del litio en el tratamiento de la manía no está bien determinado” (p. 57).
Valproato
“El mecanismo de acción del valproato posiblemente se deba al aumento de la función GABA[4] en el sistema nervioso central” (p. 58 énfasis añadido).
Carbamasepina
“El mecanismo de acción de la carbamasepina en la enfermedad bipolar es desconocido” (p. 59).
Antidepresivos
“Se cree que los antidepresivos ejercen un efecto en subsistemas de sinapsis neuronales a través del cerebro... Prozac, Praxil y Zoloft actúan pegándose a las proteínas de retoma de serotonina presináptica... Los antidepresivos de triple ciclo actúan bloqueando la retoma presináptica de la serotonina y la norepinefrina. Los inhibidores monoaminos de oxidasa actúan inhibiendo la enzima presináptica (monoaminos de oxidasa). Estos mecanismos inmediatos de acción no son suficientes para explicar los efectos retardados contra la depresión (típicamente de dos a cuatro semanas). Otros mecanismos desconocidos deben jugar un papel en el tratamiento sicofarmacológico exitoso de la depresión... Todos los antidepresivos poseen más o menos la misma eficacia para la depresión... Sólo como la mitad de los pacientes cuyos síntomas cumplen con los criterios del DSM IV[5] de una depresión mayor se recobrarán con un una sola experiencia de al menos seis semanas de antidepresivos” (p. 54, énfasis añadido).
Comentario de Douglas Smith, creador de este sitio web: Desde luego, como la mitad de la gente que se siente desanimada o deprimida se sentirán significativamente mejor en seis semanas con o sin “medicamentos”. En realidad, lo que los siquiatras llaman “otros mecanismos desconocidos” son sólo el paso del tiempo.
ACTUALIZACIÓN DE 1999
Véanse las citas en la reseña del libro Tu medicamento puede ser tu problema de Peter Breggin y David Cohen, publicado en 1999.
ACTUALIZACIÓN DEL AÑO 2000
“Nada ha dañado más la calidad de vida individual en la sociedad moderna que la errada idea de que el sufrimiento humano se deriva de causas biológicas y genéticas y que puede ser rectificado tomando medicinas o terapia de electroshock... Si yo quisiera arruinar la vida de alguien, lo convencería que la siquiatría biologista tiene la razón: que las relaciones humanas no significan nada, que el libre albedrío es imposible, y que la mecánica de un cerebro descompuesto reina sobre las emociones y conducta. Si quisiera estropear la capacidad de un individuo de crear relaciones empáticas y amorosas, le recetaría medicinas siquiátricas: todas aplanan nuestras más altas funciones sicológicas o espirituales” (prefacio de Peter Breggin en Realidad terapéutica en acción por William Glasser, Harper Collins, 2000, p. xi, énfasis añadido).Artículo crítico del Prozac.
Drogando a niños con Ritalin para frenar la hiperactividad - comentario de la Coalición de Antisiquiatría sobre un artículo de Time intitulado “La era de Ritalin.



La Otra Desinstitucionalziación


La Otra Desinstitucionalziación.

Se trata de un cambio de mentalidad y de la cultura asistencial en salud mental.

El artículo trata de una reflexión acerca de la desinstitucionalizaciónpsiquiátrica desde un punto de vista de las Ciencias Sociales.
Reflexionando que la " Otra Desinstitucinalización" es más compleja que el simple desmonte del hospital psiquiátrico físico.
Dr. Thomas Josué Silva.Doctor en antropología social e investigador en salud colectiva y sociedad.
Brasil.


Aunque existan actualmente otras alternativas al modelo hospitalocéntrico de asistencia a la salud mental, aún asistimos en muchos escenarios sanitarios actuales al papel primordial del hospital psiquiátrico como territorio de producción de discursos fuertemente apoyados por una doxa psiquiátrica y psicológica compartida entre miembros de un mismo campo de saber que legitiman discursos y verdades sobre el fenómeno psicopatológico. Y es que no se trata solamente de la construcción de nuevas instalaciones de servicios abiertos de salud mental en las comunidades con propósitos reformistas, sino fundamentalmente de una nueva cultura en el ámbito de la atención a la salud mental que contemple las microestructuras y la vida microsocial de los sujetos que sufren de trastornos mentales graves y que son impedidos del derecho de ejercicio de sus ciudadanías. Sería un error pensar que en estos nuevos territorios de atención en salud mental extra-hospitalarios no se están reproduciendo otras formas de saberes-poderes disfrazadas de prácticas terapéuticas post-manicomiales. Tampoco es suficiente con cambios jurídico-administrativos en los gastos o presupuestos del Estado, como a menudo se apunta en los discursos políticos sobre la reforma psiquiátrica. Lo que necesitamos son reformas de “mentalidades y de prácticas en rehabilitación psicosocial”, en la dirección de una construcción epistemológica nueva hacia el futuro de la asistencia en la salud mental colectiva. Thomas Szasz, cuando debate el tema de la Reforma Psiquiátrica actual en su artículo La futilidad de la Reforma Psiquiátrica (1994:295), hace hincapié en este punto diciendo:“Finalmente, el lenguaje de la enfermedad mental nos hace buscar lugares propios en que podamos escoger al paciente mental, que nosotros constatamos debidamente como siendo el manicomio particular, el hospital mental estatal, o el centro comunitario de salud mental, el hospital general, el abrigo intermediario -cada uno aclamado como el más humano y el efectivamente más terapéutico local para el propósito que se destina, apenas para ser luego desacreditado como inadecuado y nocivo." La desinstitucionalización psiquiátrica no consiste simplemente en un intercambio de territorios; esto es, salir del hospital psiquiátrico o de su (des)construcción física. El proceso de deshospitalización genera un debate más complejo que envuelve dimensiones filosóficas, estéticas, científicas, socio-culturales, políticas y económicas. Aquello que históricamente la desisntitucionalización ha revelado es el fracaso del modelo institucional psiquiátrico total, como forma de tratamiento eficaz del “individuo que sufre psíquicamente”, pero también invita a una reflexión más profunda acerca de la reciprocidad humana en el seno de nuestras sociedades. Desde este punto de vista, podríamos pensar en una “otra desinstitucionalización” que se configuraría en una nueva relación con aquello que consideramos patológico, así como con aquellos que son considerados enfermos. No se trataría de un paradigma basado simplemente en la dualidad cura-enfermedad ni tampoco en la etiología de los trastornos, sino que habría de incorporar la dimensión salud-enfermedad mental y su relación con el contexto cultural y social. El objetivo es, pues, desarrollar una aproximación transpatológica, pues el tema de la enfermedad mental, por su naturaleza compleja, exije un caleidoscopio de miradas teóricas más allá de un cientificismo clínico o de un encasillamiento nosológico. La aproximación que las ciencias sociales han realizado sobre estos temas puede contribuir a la reflexión sobre las formas de poder, sobre las relaciones humanas, políticas y también culturales que esta cuestión exije al depararnos con una discusión que no puede ser agotada única y exclusivamente dentro de paradigmas tradicionalmente defendidos por el campo biomédico o psiquiátrico (Taussig,1995; Good,1997). En definitiva, el debate alrededor de esta problemática pide un esfuerzo teórico interdisciplinario, pues los antiguos protagonistas de la dramaturgia terapéutica no se encuentran ya seguros ni tampoco protegidos por el espacio del antiguo manicomio – territorio de florecimiento del saber-poder sobre la locura en su nacimiento (Foucault, 1987). Estamos trabajando con nuevas categorías y situaciones, con nuevas relaciones sociales y, sin duda, con nuevas formas de poder, generadas por esta desinstitucionalización que escenifica otras complejidades a niveles muy diversos: teórico, terapéutico, político y socio-cultural, fuera de los muros de la institución total. Pensamientos FinalesLa “otra desinstitucionalización” instaura una perspectiva de “despatologización” en un sentido amplio, pues la discusión no se objetiva tanto en el viejo paradigma cura-enfermedad, “la solución-cura” que define Rotelli (1990), como en la superación de este paradigma, en la búsqueda de nuevas estrategias metodológicas e interdisiciplinarias que permitan vislumbrar la dimensión sana del sujeto y la recuperación de sus relaciones con la vida social. En este contexto se enmarca nuestra propuesta de rescate de narrativas que ayuden a restaurar las historias de vida y la autonomía de los afectados por situación de sufrimiento mental. Ahora bien, no se trata de una escucha como la que es preconizada por determinados paradigmas psicológicos, en donde se mantiene el silencio con respecto a las necesidades existenciales y concretas de los actores en situación de sufrimiento, sino de una escucha que permite superar el estatus de enfermo para que se apropie de su existencia social, de su dimensión de actor social, de su propia historia de vida. Como nos sugere Robert Castel (1975:255):“Habría que hacer una llamada a los enfermos en tanto que no son solamente enfermos, a las familias en tanto que no son solamente patógenas o patológicas, ni siquiera una ‘familias de enfermos’, a unos grupos que no serían solamente terapéuticos (...) Nos daríamos cuenta, quizás, entonces, de que estos individuos y estos grupos, a partir de su lugar en la estructura social y de sus intereses concretos, son capaces de elaborar una toma de conciencia al menos de lo que no es patológico en la enfermedad y de lo que no está médicamente justificado de la situación impuesta al enfermo.”A partir de estas reflexiones de Castel parece oportuno pensar que la desinstitucionalización instaura un escenario de atención a la salud mental, un cambio de mentalidad, una nueva forma de relacionarnos con el fenómeno de lo “psicopatológico”. Así, por más que la medicina moderna a través de sus terapéuticas e investigaciones ha conseguido algunos éxitos en este sector, la problemática de la inserción social del enfermo mental en la sociedad, la relación entre paciente y terapeuta, la estigmatización social, los aspectos socio-culturales de la enfermedad, entre otras muchas problemáticas, estan lejos de recibir una respuesta satisfactoria. La tarea de la desinstitucionalziación es un quehacer permanente, cotidiano y necesario. La multiplicidad de territorios de atención a la salud mental en sustitución del hospital psiquiátrico existente hoy en día, como los centros de día, las casas protegidas o los centros de rehabilitación psicosocial, no están libres de reproducir nuevas cadenas de saberes-poderes, distintas, quizás, de aquellas viejas formas instauradas dentro del antiguo manicomio, tan fuertemente criticadas por los antipsiquiatras y por los anti-institucionalistas contemporáneos. Creo que a partir de las premisas aquí mencionadas podemos reflexionar sobre una posible “desinstitucionalización de la desinstitucionalziación”, en el sentido de una constante necesidad de revisión y de superación teórica y práctica del contexto de la atención a la salud mental actual. La tarea de reflexión sobre la desinstitucionalización aún prosigue y persiste, sea en los nuevos territorios de salud mental que se delinean en nuestra actualidad o intentando olvidarnos de los antiguos horrores practicados en el viejo manicomio. Como reflexiona Saraceno (1999:75):“Es por eso que la experiencia de la transformación cotidiana de la vida de lo que yace en el manicomio es el fundamento para cada posible liberación del enfermo de la centralidad ordenante de la psiquiatría, dentro y fuera del manicomio“.A partir de eso, creo que estamos enfrentando un nuevo desafio en la contemporaneidad sobre la problemática de la desinstitucionalziación psiquiátrica. No más a “la negación de la institución” propuesta por Basaglia (1968), la desconstrucción del manicomio físico, más seguramente, la necesidad de la desconstrución del manicomio mental con su carga simbólica (Guyotat, 1994). Tras un desarrollo de una nueva cultura de la asistencia y de la promoción de la salud mental colectiva, comprometidas con la diversidad socio-cultural de aquellos sujetos que se encuentran en situación de sufrimiento mental severo. En este sentido, no bastaría eliminar los manicomios y suponer con eso, que estaríamos haciendo una desisntitucionalización verdadera. Todavía, pensar en un proyecto de desisntitucionalziación hoy, es sin duda, enfrentar una sociedad en transformación, con formas de vida social diversas. Donde cada vez más necesitamos de un acercamiento mayor hacia los sujetos sociales que estamos intentando asistir o cuidar. Es decir, escuchar sus reales necesidades como hombres y como cuidadanos. Así, más que desmontar hospitales psiquiátricos, estamos delante de enfrentamientos socio-culturales complejos mediados por políticas e ideologías complejas, más que delineamientos técnicos de sector, necesitamos pensar en la relación entre el cuidadano y la sociedad, del mismo modo, como en la correspondencia de esta relación, con el campo de salud y enfermedad. Como nos aclara otra vez Basaglia (1982:47): “Lo que debe transformarse para poder transformar a las instituciones y a los servicios psiquiátricos (como por otra parte todas las instituciones sociales), es la relación entre ciudadano y sociedad, en la que se inserta la relación entre salud y enfermedad. O sea, reconecer como primer acto que la estrategia, la finalidad primera de toda acción es el hombre, sus necesidades y su vida dentro de una colectividad que se transforma para alcanzar la satisfacción de estas necesidades y la realización de vida para todos”.De esta forma, creo que el proyecto de la desisntitucionalización, deba contemplar un cambio en la mentalidad inmanentemente patógena apoyada en el binomio cura-enfermedad. Quiero afirmar con eso, no la negación de lo patológico, sino la busca de otros caminos posibles de escucha social renovados, donde la dimensión del sano también pueda ocupar su lugar en la tomada de conciencia por parte de los propios sujetos denominados de “enfermos” de lo que no es patológico en sus propios discursos. Es decir, despatologizar el discurso del “enfermo”, hacia el encuentro con sus narrativas socio-culturales concretas y, vislumbrar más allá de la enfermedad, cuál es su lugar en la estructura social en que vive.

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