miércoles, 17 de septiembre de 2008

Psicofármacos y “la ilusión de no ser”

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-111353-2008-09-17.html

PSICOLOGIA › SOBRE LA MEDICALIZACION DEL MALESTAR PSIQUICO
Psicofármacos y “la ilusión de no ser”
El autor observa cómo “la ansiedad, la tristeza, la imposibilidad de conciliar el sueño, la inquietud de los niños, las dudas que afectan a mujeres y hombres actuales, son tratadas como enfermedades”.

Por Emiliano Galende *
Los problemas de la salud mental se han expandido, su complejidad se ha hecho evidente por sí misma. De lo que se trata hoy va más allá del asilo, las cadenas, el encierro, el adoctrinamiento simbólico por la institución de la psiquiatría. El encierro, la contención y el disciplinamiento mismo pueden dejar de ser necesarios si la ideología psiquiátrica positivista logra imponerse definiendo la condición de “paciente” como ajena al dominio de la experiencia humana con sentido. Si la ansiedad, la tristeza profunda, la imposibilidad de conciliar el sueño, la inquietud y desatención de los niños, las obsesiones y las dudas que afectan a mujeres y hombres de nuestro tiempo son aceptadas como enfermedades y pasibles de su tratamiento por medios técnicos artificiales, esta psiquiatría positivista habrá finalmente consumado sus objetivos, ahora por medios menos violentos con los que persiguió este mismo objetivo en el siglo XIX y en los manicomios actuales. Si se logra definir que estas emociones y sentimientos humanos son “procesos patológicos”, no importa tanto si se lo atribuye al cerebro, a lo medioambiental o a la sociedad, nadie podrá en su sano juicio pedirle a la gente común que no trate de librarse de él por medio de algún remedio.
D. Ingleby señala: “La psiquiatría carga sobre sí misma la responsabilidad del dolor y la frustración de las personas; confisca sus problemas, los redefine como ‘enfermedades’ y (con suerte) extermina los síntomas. Venid a mí, todos los que trabajáis y estáis sobrecargados y yo os daré... olvido. A medida que este aparato se perfeccione, más y más se aleja hacia el futuro el objetivo de una sociedad verdaderamente adecuada para que en ella vivan los seres humanos”.
Desandar la enorme mistificación de la vida y sus padecimientos que los códigos de la psiquiatría han edificado en sus doscientos años de existencia, agregando la nueva fuerza y los enormes recursos económicos que le aporta su sociedad innegable con la industria farmacéutica no resulta tarea sencilla. Pero cabe confiar que este poder exacerbado actualmente, esta nueva hegemonía del antiguo positivismo, como nos lo enseña la historia, está a la vez anunciando su decadencia y su imposibilidad de respuesta a lo esencial del sentir y el pensar del hombre.
En la situación en que estamos hoy en el campo de la salud mental, es ineludible preguntarnos acerca de por qué razones la gran conmoción intelectual y política de los años sesenta, que cuestionó y puso en crisis todo el edificio doctrinario y práctico de la psiquiatría positivista y de la institución asilar, desde su saber, su metodología, su estilo intelectual de conocimiento, que llevaron a un replanteo de sus prácticas diagnósticas y sus tratamientos, no logró detener esta tendencia histórica a la recaída en el antiguo positivismo biológico. Reconocemos que en muchos países, especialmente de Europa, este período dio lugar a grandes reformas en los sistemas de atención, el cierre de hospitales psiquiátricos y su reemplazo por servicios comunitarios, el vuelco de la atención al primer nivel del sistema de salud y la inclusión de otros profesionales en las prácticas del sector (psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros, etc.). No ocurrió así en los países llamados periféricos, que manteniendo lo esencial del modelo asilar fueron mucho más rápidamente aptos para la instalación de esta nueva medicalización de la vida. Si bien la crisis de los años sesenta estaba planteada en la psiquiatría y la institución asilar, abarcó y tuvo impacto en el conjunto de las ciencias humanas. La deconstrucción de la institución psiquiátrica develó al mismo tiempo los juegos entre el poder de las disciplinas, su papel como aparatos ideológicos (Althusser), su función social de disciplinamiento y control (Foucault). El develamiento de un mismo régimen de “institución total” mostrado por Goffman en el hospital psiquiátrico, la cárcel, los institutos de menores, se constituyó en un nuevo indicador para comprender la función sobre la subjetividad de este poder institucional. Las convincentes demostraciones de Foucault en relación con las formas del saber y su relación con la dominación, capaces de generar formas de subjetividad con la marca de la disciplina, que llevaron a conceptos hoy vigentes en las ciencias sociales como el de “institucionalización” y “producción subjetiva”. La emergencia de un nuevo modo de comprender por el cual se devela que las teorías no son reflejo de ninguna realidad objetiva sino constructoras de su objeto, surgido en estos años y hoy reconocido en todas las disciplinas humanísticas. La crítica al positivismo en la medicina y en el campo de la salud, que influyó y hoy sostiene mucho de los movimientos de Salud Colectiva. El retorno a la compresión de la subjetividad como agente a la vez no autónomo ni consciente de su propia producción, que inspira (especialmente por influencia del psicoanálisis) muchas de las teorías sociales y políticas vigentes.
Todos estos cambios intelectuales se dieron en forma conjunta mostrando lo fecundo de aquellos nuevos principios de la crítica, que ponían sobre la escena social a los grandes críticos de la razón moderna, Marx, Nietzsche, Freud, cita obligada en toda la producción de una nueva cultura intelectual. Los movimientos críticos de la psiquiatría formaron parte de este giro en los modos de pensar y hacer, uniendo a una racionalidad crítica la defensa de los derechos humanos, el cuestionamiento al autoritarismo de la disciplina, la función ideológica que cumplía la institucionalización. Especialmente los llamados movimientos de la antipsiquiatría (Laing, Cooper, Basaglia, Castel, Szasz) y también de otros que, sin la oposición antipsiquiátrica, se propusieron desarrollar una nueva interpretación del sufrimiento mental en relación con la cultura y la vida social (Marcuse, Sayers, Wing, Brown, Ingleby, Fanon, Sennet, Esterson, Mannoni, Busfierd, etc.)
Es probable que no haya una única respuesta a esta situación, de hecho queda la pregunta ya formulada de cuánto los cambios en la cultura de estos años han influido, han hecho más funcionales a los criterios de la psiquiatría las creencias y los comportamientos prácticos de las personas. Quiero al menos intentar una respuesta, enfocando uno de los nuevos poderes en este campo, me refiero a la industria farmacéutica. Poder no desestimable si tenemos en cuenta que (en 2004) vendió cerca de seiscientos mil millones de dólares y que la producción y venta de psicofármacos, rubro medio hasta los años ochenta, alcanza en los últimos años los primeros puestos entre la venta general de medicamentos.
Está claro que este nuevo mercado no puede dejar de proteger e incrementar sus intereses económicos, y estos intereses vienen de la mano de la investigación científica. Está claro que de ninguna manera cuestiono el valor de la investigación y la ayuda financiera de la industria a esta investigación, ni tampoco desconozco el valor de alivio que estos nuevos psicofármacos significan para muchas personas; lo que trato de comprender es el funcionamiento social real de este poder económico en el campo de la salud mental. Hubo en estos años al menos tres procesos, relativamente nuevos para el campo de la salud mental, que tenían antecedentes, aun cuando en menor escala, en la medicina general. En primer lugar, la industria aplica enormes recursos económicos a la investigación neurobiológica y genética, en gran parte dirigidos a la producción de nuevas moléculas químicas; un noventa por ciento de la investigación actual en este sector está financiada por la misma industria, en laboratorios propios, financiando universidades y laboratorios privados. Es obvio que la producción científica está direccionada a la producción de conocimientos en el cual se alimenta hoy gran parte del saber de los psiquiatras. En segundo lugar, desde hace años, bajo el eslogan de la “década del cerebro”, la industria desarrolla una política amplia de difusión, dirigida a crear y fortalecer el mercado para sus productos. Estos objetivos se dirigen en dos direcciones. Por un lado, a través de medios masivos de comunicación: periódicos, revistas, televisión, noticieros, documentales en cine, etc., en los cuales se anuncian periódicamente nuevos descubrimientos “científicos” sobre el comportamiento humano y sus malestares, e indica que la “ciencia está tras ellos” para combatirlos: pronto estará el anuncio del nuevo remedio (ver la campaña por el alprazolan en Estados Unidos, luego por la foxetina, últimamente por el Viagra). Por otra parte, una política similar de propaganda se dirige al sector profesional (que es el que en definitiva vende estos productos): artículos en revistas científicas, publicación de nuevos estudios, financiando libros y revistas, organizando simposios donde se exponen los nuevos productos y sus beneficios, financiando la realización de congresos. Gran parte de la literatura científica actual sobre las neurociencias y la aplicación de fármacos en psiquiatría proviene de esta industria. En tercer lugar, asistimos, como parte de esta política, a una nueva asociación entre la industria farmacéutica y las corporaciones de los especialistas. Por esta asociación la industria financia la realización de congresos, las publicaciones de las asociaciones profesionales, viajes de placer, jornadas especiales sobre un nuevo producto, etc. Quienes asisten últimamente a estos congresos podrán observar que su montaje es progresivamente más dependiente de los laboratorios y sus criterios de comercialización que de los criterios científicos de la disciplina. Muchas de estas actividades están dirigidas a promover determinados liderazgos científicos entre profesionales más aptos para plegarse a los objetivos comerciales de la industria. En su conjunto, todas estas acciones convergen para potenciar la medicalización, generar la ilusión de que para cada malestar de la existencia tendremos el remedio adecuado para eliminarlo, sin necesidad de detenernos en preguntarnos por sus razones. Es tal la magnitud de este nuevo poder, y de esta asociación con las corporaciones profesionales, que recientemente se está promoviendo en el ámbito legislativo en Estados Unidos una ley para limitar y controlar esta relación económica entre industria y profesionales.
* Fragmento del libro Psicofármacos y salud mental. La ilusión de no ser, de reciente aparición (Lugar Editorial).

lunes, 21 de enero de 2008

FUNDADES firma convenio con el BID


FUNDADES firma convenio con el BID

La Fundación para el Desarrollo Solidario (Fundades) firmó el 17 del presente un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para que los colaboradores de esa institución empiecen a reciclar papel dentro del programa “El Nuevo Papel de la Solidaridad” que tiene como objetivo brindar becas de pre-escolaridad a niños con discapacidad.Asimismo, el municipio de Jesús María fue el anfitrión del evento de relanzamiento del Sistema de Información para Personas con Discapacidad – INFODIS cuya finalidad es constituirse en una herramienta básica, interactiva y sencilla para proporcionar la mejor información para las personas que presenten alguna discapacidad.Tanto Ana María Rodríguez, representante del BID en el Perú, como Enrique Ocrospoma, alcalde de Jesús María coincidieron en indicar que las acciones por visibilizar el problema de las personas con discapacidad en el Perú aún son escasas por lo que iniciativas como las ejecutadas por Fundades son muy importantes.Gracias al programa “El Nuevo Papel de la Solidaridad” auspiciado por la empresa Kimberly Clark del Perú, 30 niños con discapacidad cuentan ya con becas integrales, sin embargo se requiere que más personas e instituciones se unan a esta loable causa, por lo que se les invita a depositar la mayor cantidad de papel posible en los contenedores azules de la campaña que se encuentran en todos los autoservicios.Y si desean contar con información oportuna sobre ofertas laborales para personas con discapacidad, lugares accesibles, hacer alguna denuncia u otro, ingrese a http://www.infodisperu.org/ o contáctese a través de la línea telefónica de consulta (2510202).Publicado 19/01/08
Publicado por taskichiyperu@yahoo.com en 19:13
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miércoles, 9 de enero de 2008

¿EXISTE LA SALUD "MENTAL"?

¿EXISTE LA SALUD "MENTAL"?

Por: Baldomero Cáceres Santa María

Psicólogo social

Publicado en Perú 21 el domingo 6 de enero de 2008

En el reciente foro convocado por el Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Católica (Idehpucp), "Hacia un Proyecto de Ley en Salud Mental", se expusieron los lineamientos generales del tercer proyecto de ley al respecto elaborados en nuestros días, esta vez por el Grupo de Trabajo de Salud Mental (GTSM), proyecto que seguramente irá a dormir en comisiones como los anteriores. De lo cual personalmente me alegro. Los primeros, como el reciente, han sido asesorados por psiquiatras y, recordando a Clemenceau pienso que la salud es asunto demasiado serio para dejarlo en sus manos, como él pensaba – y coincido – que la guerra lo es para dejarla en manos de militares.
Mientras que hablar de "enfermedades mentales" y en contraposición de "salud mental" es parte del lenguaje común correspondiente a la impuesta teología psiquiátrica, otro es el lenguaje científico que se refiere a fenómenos, lo observable, lo que se percibe: transtornos de la conciencia y la conducta, como serían la angustia, el nerviosismo, la confusión y desorganización del pensamiento, el descontrol emocional, la depresión, la agitación, la ira, la violencia y otras manifestaciones disfuncionales para la propia realización personal y para las relaciones sociales.
La psiquiatría, en efecto, mediante la autoridad otorgada por los Estados Laicos, dogmatizó sus asertos y encerró precipitadamente en pseudocategorías diagnósticas (psicosis, neurosis, psicopatías, etcétera) síntomas diversos cuyo origen y "terapia" no conocía a ciencia cierta. Debido a tal ignorancia, pero urgidos por la práctica, los psiquiatras recurrieron y recurren a fármacos diversos, siempre con efectos secundarios indeseables y riesgos de salud por el uso acumulativo, cuando no a recursos "heroicos" como fueron las terapias populares del choque insulínico, el electroshock (al que aún hoy se sigue recurriendo impunemente), la lobotomía o su reemplazo mitigado de la cingulotomía, formas, entre otras, de domesticar a sus pacientes.
Así me parece un contradicho, dada su atención a los derechos humanos, que Idehpucp, para elaborar una ley de "salud mental", haya recurrido a quienes no parten de la realidad sino de sus propios libros para emitir consejos e imponer restricciones que a todos nos perjudica. Como las asumidas por el D.L. 22095 de 1978, conocido como Ley de Drogas, señalando al coqueo andino como una "drogadicción" o "farmacodependencia", cargo que la escuela psiquiátrica peruana no ha retirado aún hoy día y que Cedro disimula. Si los psiquiataras no entienden cabalmente las "enfermedades mentales" que crean, tratan y maltratan (y no las entienden todavía), ¿cómo van a ser los adecuados consejeros de la salud pública?
El etnocentrismo de la indisciplina médica lo llevó a difamar recursos de la medicina tradicional para superar diversos estados penosos de la existencia humana. Los opiáceos, el cañamo de la India y la coca tuvieron una amplia acogida medicinal en Estados Unidos y Europa durante el siglo XIX. Luego vino la psiquiatría, "secundum Kraepelin dixit", y se difundió el hablar de "los flagelos" (morfinismo, canabismo y cocainismo) que aspiraban a reemplazar, en el imaginario colectivo, a los verdaderos flagelos de los pueblos que son la guerra y el hambre.
Hoy bien se reconoce que buena nutrición y actividad física son requisitos del equilibrio y bienestar integral al cual debiera dedicar su interés el Ministerio de Salud, parte de la higiene pública. Hablar de salud integral debiera ser suficiente. Tema de nutricionistas, médicos y psicólogos, quienes en equipo atenderían mejor a la actual clientela psiquiátrica.
Recurrir a la autoridad de psiquiatras (rizando el rizo del absurdo, con colaboración de psicoanalistas) para atender problemas de salud pública, solo demuestra la denunciable locura pública establecida en nuestra aldea.

viernes, 7 de septiembre de 2007

APRODEH: Normas sobre salud mental tienen grandes vacíos







Foto: CNR


APRODEH: Normas sobre salud mental tienen grandes vacíos


Lima, 06/09/2007 (CNR) - Pese a la diversidad de normas sobre salud mental, existen grandes vacíos en lo que respecta a la atención para los afectados por la violencia política, denunció Elsa Bustamante, responsable del Área de Salud Mental de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH).
“En marzo de este año se dio el decreto del listado único de intervenciones sanitarias para el Seguro Integral de Salud (SIS) que pone en intervención preventiva la detección de los problemas de salud; pero no incluye las intervenciones recuperativas”, enfatizó.
En declaraciones al programa "Diálogo Directo" de la Coordinadora Nacional de Radio (CNR), Bustamante indicó que los casos de violencia, suicidio, depresión y ansiedad son estadísticamente grandes y tienden a incrementarse en nuestra sociedad. “Uno de los principales problemas a nivel nacional que padecen estas personas es el poco acceso al tratamiento. En Lima, hay tres hospitales psiquiátricos que son insuficientes, pero en otros departamentos no existe esta atención”, puntualizó.
Respecto a la población afectada por el conflicto armado se ha visto que en muchos países lo más efectivo es el trabajo comunitario. “Los programas comunitarios crean espacios de soporte para las personas y generan la reconstrucción de redes sociales y de memoria”.
Bustamante recordó que el régimen de Alejandro Toledo logró importantes avances en la atención al sector salud. Así, se definieron estrategias sanitarias de salud mental que fueron apoyadas con inversión extranjera para la atención a los afectados por la violencia y aquel sector de peruanos que padecen distintos problemas mentales.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Sí o sí hay que ver Sycko, de Michael Moore









Sí o sí hay que ver Sycko, de Michael Moore


Por momentos, la película Sycko, de Michael Moore, recuerda esas escenas de los filmes cómicos de antaño, donde uno sabía exactamente lo que iba a ocurrir y, sin embargo, reía a carcajadas cuando ocurría. Ver a gringos honestos y desinformados descubrir que el mundo afuera de su país no es como se lo contaron, es realmente un placer.
Por otro lado, las escenas donde Bush padre anuncia los horrores de la medicina socialista de Canadá, cotejadas con la realidad filmada en el país mencionado por el ex presidente de EE.UU., expresan con crudeza y realismo que el energúmeno que gobierna hoy la superpotencia tenía de quién heredar su inclinación por la mentira y la farsa.
Frente a los sistemas de salud de Francia, Reino Unido y Cuba, EE.UU. es algo menos que un país tercermundista pues en estos, a veces, el rostro del capitalismo tiene ciertos rasgos de humanidad que los distinguen de las grandes empresas estadounidenses vinculadas al negocio de la salud.
Los testimonios de personas que han perdido alguna parte de su cuerpo o a algún miembro de su familia por leguleyadas inventadas por las compañías que cubren los riesgos de la salud son realmente atroces.
La demostración simple, clara y directa de que cualquier empresa cuya finalidad última y única (por lo que se puede apreciar) es maximizar sus ganancias nunca, jamás, podrá ser responsable de la salud de un pueblo. Su objetivo, según declaran algunos ex empleados, es ahorrar. Y eso significa negar el mayor número de tratamientos posible.
En muchos casos, las consecuencias no son fatales pero, en otros, sí lo son y los perjudicados todo lo que pueden hacer, en ese país de las libertades, es protestar a través de una película de Michael Moore porque todas las otras instancias son sordas e indiferentes a sus quejas. Es como si les dijeran: "¿Querían una sociedad caníbal? Ya la tienen, así que a quejarse a otro lado". Y uno no puede menos que preguntarse por el grado de responsabilidad individual de los damnificados por haber aceptado durante tantos años, con deliberada ceguera, que a otros les ocurriera lo que ellos ahora denuncian.
El asombro de los estadounidenses a quienes Moore lleva al Reino Unido es mayúsculo. No pueden entender que, en esa nación, la medicina se financie con los impuestos que pagan todos los ciudadanos y que no sea un negocio infecto, como en su país donde, además de haber 50 millones de personas sin cobertura médica, los que la tienen deben lidiar con empresas que actúan con principios que, en otro lugar de la tierra, seguramente serían sancionados por atentar contra la vida y la dignidad humana.
Los bomberos que actuaron el 11-S en el ataque a las Torres Gemelas y que el Estado abandonó luego a su suerte fueron conducidos por Moore a Cuba, donde a cada uno se le aplicó un tratamiento acorde con su dolencia, pues los bomberos, para los cubanos, componen una cofradía universal.
En suma, Sycko es un alegato en favor de una conducta humana que el capitalismo salvaje de la actualidad parece incapaz de practicar.


miércoles, 5 de septiembre de 2007

La salud mental en el mundo: todo por hacer


INFORMES EN 'THE LANCET'
La salud mental en el mundo: todo por hacer
La revista 'The Lancet' publica una serie de artículos sobre estos trastornos
Investigadores de todo el mundo denuncian la crítica situación de muchos pacientes
Poca inversión, una mala gestión y la estigmatización son algunas de las barreras
Actualizado martes 04/09/2007 02:07 (CET)

ÁNGELES LÓPEZ
MADRID.- El 14% de todas las enfermedades en todo el mundo corresponde a patologías neuropsiquiátricas. Sin embargo, más de un tercio de las personas con esquizofrenia y una de cada dos con otro trastorno mental no recibe ningún tratamiento. La revista 'The Lancet' analiza, a través de una serie de artículos, la situación de estos pacientes, los retos por abordar y las posibles soluciones para alcanzarlos.
Con la idea de lanzar una llamada de atención internacional, 'The Lancet' ha reunido una serie de artículos elaborados por especialistas de todo el mundo con el propósito de dar a conocer las deficiencias que existen en torno a la salud mental, además de incentivar tanto a políticos como donantes y profesionales para que ofrezcan más ayudas en la lucha contra estas enfermedades.
Los trastornos neuropsiquiátricos engloban un gran número de patologías que van desde la esquizofrenia o la depresión hasta la adicción alcohólica. Cada año, más del 30% de la población mundial sufrirá alguna enfermedad de este tipo. Sin embargo, existen lagunas terapéuticas en casi el 90% de los países en desarrollo.
Los datos que recogen estos informes en torno a la salud mental son desmoralizadores. A pesar de algunas iniciativas, como las llevadas a cabo por la Organización Mundial de la Salud o su homóloga en Latinoamérica para concienciar sobre la gravedad de estos trastornos, poco se ha hecho para pasar de la teoría a la práctica, según denuncia en uno de los artículos Martin Prince, del Instituto de Psiquiatría de Londres, junto con otros colegas.
La base de otras enfermedades
Prince pone de manifiesto en dicho artículo, titulado 'No hay salud sin salud mental', los numerosos problemas relacionados con las enfermedades psiquiátricas. Además de todas las causas de mortalidad, incluido el suicidio, estos trastornos conllevan un mayor riesgo de desarrollar otros problemas. Un ejemplo son las patologías cardiovasculares que aparecen con más frecuencia entre las personas que sufren depresión, ansiedad o trastorno bipolar.
A esas enfermedades hay que añadir otros síntomas que para los médicos no tienen una explicación lógica, son los denominados somáticos: dolor, fatiga, mareos... o algunos síndromes como el de intestino irritable, la fibromialgia o la disfunción témporo mandibular. Estos trastornos generan cada año grandes gastos, tan sólo en Estados Unidos son responsables de un coste sanitario que alcanza cada año los 256.000 millones de dólares.
En muchos casos el flujo entre enfermedad mental y otra patología es bidireccional, es decir, una depresión puede conducir a otro trastorno o al contrario. Por ejemplo, muchas personas diabéticas desarrollan depresión asociada con alguna de las complicaciones del trastorno metabólico como la retinopatía diabética o la nefropatía.
Por otro lado, los trastornos psiquiátricos están relacionados con un peor cumplimiento de las terapias, y cuando se trata de tratamientos de enfermedades infecciosas, como el sida o la tuberculosis, las consecuencias pueden ser graves como la aparición de un mayor número de resistencias o un peor pronóstico del paciente.
Pocos programas, menos financiación
Si la situación es mala en general, los hechos llegan a ser críticos para los países en vías de desarrollo. Según un informe mundial, tan sólo el 11% de los casos graves de trastornos mentales en China recibe algún tratamiento. Esa cifra es similar, del 10,4%, cuando los pacientes viven en Nigeria.
"La mayoría de los intentos de mejorar la cobertura [para los enfermos de estos países] han sido inadecuadamente planificados y administrados", reza otro artículo de la revista. "Nuestra llamada de atención se dirige a los actores involucrados --gobernantes, agencias multi y bilaterales, donantes (que frecuentemente ignoran la salud mental), especialistas en salud mental y pública, investigadores, sociedad civil y consumidores", exponen los autores.
Según estos investigadores, procedentes de centros de todo el mundo, para mejorar la cobertura de estas personas se requeriría un gasto extra de 20 céntimos de dólar por persona y año para un país pobre y de 30 para un país de ingresos medios, es decir, un gasto de dos y tres dólares por persona, respectivamente.
Para contribuir a ese desarrollo se deben superar, no obstante, algunas barreras: priorizar la salud mental en la agenda pública de salud; mejorar la organización de los servicios relacionados con estas patologías; descentralizar la atención ofrecida en los hospitales y potenciar la ofrecida en la atención primaria; educar a más profesionales de la salud en estas enfermedades; y por último, destinar más especialistas en salud mental a puestos directivos de salud pública.

En:
http://elmundosalud.elmundo.es/elmundosalud/2007/09/03/neurociencia/1188844607.html

MI VIDA CON... / ESQUIZOFRENIA




MI VIDA CON... / ESQUIZOFRENIA
"Cuando pierdes la cabeza, sobra lo demás"




Mari luz corcuera convive desde hace más de 30 años con este trastorno mental. «Haciéndote fuerte por dentro no te vienen las paranoias de fuera», asegura.
AINHOA IRIBERRI

(Foto: Julián Jaen)
Mari Luz Corcuera tiene un día a día muy atareado. Se levanta temprano, pasea al menos siete kilómetros cada mañana, practica yoga, lee y participa en un programa de radio de la Asociación en Lucha por la Salud Mental y los Cambios Sociales (ALUSAMEN), a la que pertenece desde hace más de 10 años. Excepto porque tiene una incapacidad que le impide trabajar, esta mujer de 64 años hace una vida prácticamente normal. Sin embargo, le ha costado mucho llegar hasta aquí.
Mari Luz pertenece al 1% de los españoles que padece esquizofrenia, una enfermedad psiquiátrica que está considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una de las 10 patologías más invalidantes que existen.
«Trabajaba de maestra en un colegio religioso en Madrid, tras haberme salido de monja después de más de 15 años de servicio. Eran los últimos años del franquismo y yo era muy revolucionaria, la que llevaba al colegio las consignas del movimiento de enseñanza. En esos tiempos, animé a mis compañeros a ir a la huelga. El director del centro llamó a un comisario de policía que me dijo: 'Ya puedes irte a trabajar lo más cerca a Canarias, porque te voy a hacer la vida imposible'. Desde entonces, cada vez que veía un policía, y había muchos en la calle a finales de 1974, pensaba que venían a por mí», relata sobre los inicios de su enfermedad.
De esos primeros tiempos recuerda el miedo. «Notaba que me perseguían. Me quedaba en casa para estar a salvo y me entraba agorafobia [pánico a los espacios abiertos]. Pensaba que me iban a disparar desde cualquier ventana y tenía lo que yo llamo pensamiento transparente, creía que los demás tenían acceso a mi mente y sabían lo que estaba pensando».
Al principio, no era consciente de su dolencia. «Creía que lo que me pasaba era verdad; fui al médico porque mis amigas se pusieron muy pesadas. La psiquiatra me dijo directamente que estaba como una cabra y que, si quería que me tratara, tenía que ser en el hospital».
No recuerda bien qué fármacos le recetaron en aquella época, pero sí que no los consumía con mucha disciplina. «No era consciente de que estaba enferma. Para un esquizofrénico, aceptar la patología es media curación. Dices, ¿qué me va a hacer un psiquiatra, si a mí lo que me pasa es que me están persiguiendo?».
Sus experiencias hospitalarias le llevaban a alternar periodos de baja y alta laboral. Tenía el apoyo de familiares y amigos, pero el día a día en el colegio era duro. «Además de las paranoias, el antipsicótico que tomaba entonces -sólo de vez en cuando- hacía que se me fueran los ojos continuamente a las luces. También notaba pérdida de memoria».
En 1981, seis años después del diagnóstico, llegó la incapacidad laboral. El pronóstico que figuraba no podía ser más crudo: esquizofrenia paranoide con imposibilidad de recuperación.
A partir de entonces, deambuló por alrededor de 15 hospitales, probando diversos tipos de terapias. «Fui a un psiquiátrico privado en Palencia, porque una amiga monja se había curado allí; pero no nos dejaban entrar en la habitación, nos hacían trabajar y, además, eran todas de derechas y yo no comulgaba con sus ideas».
Uno de sus peores recuerdos es un centro en Marruecos, donde fue a parar a causa de un brote psicótico que sufrió en el transcurso de un viaje organizado. «Tenía los colchones de paja, la comida era horrible. De la rabia, tiraba los platos al suelo; además, nadie de mi familia sabía donde estaba, mis hermanos tuvieron que remover cielo y tierra para encontrarme». De entre las experiencias más positivas, destaca una clínica privada en Madrid donde le hicieron una cura de sueño. «Se me olvidó todo. ¡Qué liberación!, no me perseguía nadie».
El momento clave que cambió el curso de su enfermedad se produjo hace 20 años, cuando tomó conciencia de su problema y de la necesidad de tratarse farmacológicamente. «Un amigo vasco me dijo 'no seas ignorante, que el cerebro es química. A tí te falta algo y lo tienes que tomar'». Paradójicamente, él fue el origen de una de sus paranoias más impactantes. «Hablabamos mucho de la situación política en el País Vasco. Me empecé a obsesionar y pensé seriamente que ETA me había elegido para matar al Rey, porque al estar loca no me iba a pasar nada».
Esta obsesión recurrente fue la causa de su último ingreso hospitalario hace ya más de cinco años. Desde entonces, ha aprendido a convivir con su enfermedad a base de trabajo. «He salido de lo más profundo que uno se puede imaginar y ahora estoy encantada con la vida. Voy a yoga, a talleres, leo libros de autoestima. He orientado mi vida a tener la cabeza amueblada».
Comparte piso con una amiga que también padece esquizofrenia. El contacto con otros enfermos es constante, la mayoría de las veces a través de ALUSAMEN. Fue precisamente en una fiesta de esta asociación, donde se atrevió a recitar por primera vez unos versos que había escrito: «Nadie sabe lo que sufre un enfermo mental, cuando pierdes la cabeza, sobra todo lo demás».

FICHA PERSONAL

- Mari Luz Corcuera tiene 64 años. Fue monja hasta los 30 y a los 33, cuando ya era seglar, recibió el diagnóstico.
- Trabajaba como maestra en un colegio. Su apoyo a una huelga profesional hizo que el director avisara a la policía. Entonces empezaron los síntomas de su trastorno mental.
- Ha ingresado en cerca de 15 hospitales y centros psiquiátricos, incluyendo dos en Italia y en Marruecos. El último fue hace cinco años.
- No trabaja pero lleva una vida cercana a la normalidad. Colabora en un programa de Radio Vallekas de la asociación ALUSAMEN.
- Se trata con un antipsicótico atípico y un ansiolítico. Visita al psiquiatra cada cuatro meses. Si pudiera cambiar algo, habría empezado a tomar la medicación a diario desde el principio.
Los fármacos ayudan a controlar los síntomas.
Los antipsicóticos se introdujeron en la práctica clínica a mediados de los años 50 y sirven para disminuir los síntomas positivos de la esquizofrenia, pero no los negativos. Actualmente se emplean los denominados de segunda generación. El principal problema es la adherencia: hasta el 60% de los pacientes incumple el tratamiento.
Dónde acudir para saber más de la enfermedad.

En la Red existen numerosos recursos:

'http://www.esquizofreniabrelaspuertas.com ('el objetivo de esta web es combatir el estigma y el rechazo a los esquizofrénicos)
'http://www.esquizofreniaonline.com'
'http://es.wikipedia.org/wiki/Esquizofrenia'.
Teléfono asociación ALUSAMEN: 914778661
En su origen se implican factores genéticos y ambientales.
No se conoce con exactitud qué provoca la enfermedad, aunque se citan factores genéticos y ambientales (consumo de ciertas drogas alucinógenas o problemas sociales, como una tragedia familiar) que podrían aumentar el riesgo de sufrirla. Las últimas teorías apuntan hacia un trastorno del neurodesarrollo que se da en la gestación, pero esto es aún sólo una hipótesis.
Ideas delirantes que se combinan con momentos de pérdida de vitalidad.
La dolencia se suele reconocer por un cambio en el funcionamiento social para el que no hay explicación. Se caracteriza por dos tipos de síntomas: los denominados positivos, entre los que destacan las ideas delirantes, de las que la persona está convencida a pesar de la ausencia de pruebas, y los negativos, entre otros, el embotamiento y la pérdida de vitalidad, que son mucho más difíciles de identificar.

Un trastorno psiquiátrico que afecta al 1% de la población mundial.
Se caracteriza por distorsiones en la percepción y en el pensamiento, que interfieren con la capacidad para reconocer lo que es real, así como para controlar las emociones, pensar con claridad, emitir juicios y comunicarse. Es el trastorno psicótico más común e importante. Se suele manifestar al final de la adolescencia o a principios de la edad adulta. Los varones exhiben síntomas antes.